Mi amor por los Arcángeles:
una historia de Fe, Amor y Luz
Hay amores que no necesitan explicaciones.
Se sienten en el alma, se reconocen en el corazón; se convierten, con el tiempo, en una certeza profunda.
Así es mi amor por los Arcángeles.
No siempre encuentro las palabras suficientes para explicar lo que significan para mí. Hay vínculos que no necesitan ser explicados porque pertenecen a un lugar mucho más profundo que las palabras: ese lugar íntimo del alma donde simplemente se sabe, se siente y se reconoce.
Los Arcángeles han sido para mí guías, maestros, compañeros y amigos.
Han caminado conmigo en momentos de luz y también en aquellos en los que necesitaba recordar que nunca estaba sola.
Los siento como mensajeros del Amor de Dios, como esa presencia que muchas veces llega de maneras sutiles para recordarme el camino, darme fortaleza, traer claridad y devolverme la paz.
A lo largo de mi vida he aprendido a confiar en ellos.
He aprendido también que no siempre las respuestas llegan como esperamos. Algunas veces llegan en una palabra, en una persona, en una coincidencia, en una sensación de paz, en una puerta que se abre o en otra que se cierra.
Y otras veces, simplemente, llegan en el silencio.
Porque también he aprendido que Dios habla en el silencio del corazón.
Y quizás una de las enseñanzas más hermosas que he recibido es comprender que no necesitamos tener todas las respuestas para continuar caminando.
A veces basta con tener Fe.
Fe para dar el siguiente paso.
Fe para confiar cuando todavía no podemos ver el camino completo.
Fe para creer que, aun en medio de las circunstancias que no comprendemos, existe un propósito mayor.
Y puedo decir que los amo profundamente.
Pero hay algo todavía más grande que ellos me han enseñado:
EL AMOR, LA FE Y LA HUMILDAD.
Me enseñaron a amar y confiar cada día más en Dios Padre, porque mi fe en Dios es inquebrantable.
Y cuanto más conozco el amor de los Arcángeles, más comprendo que su luz no busca ocupar el lugar de Dios, sino conducirnos hacia Él.
Para mí, esa es una diferencia fundamental.
Los Arcángeles no son el destino de mi Fe. Son, en mi experiencia espiritual, compañeros en el camino hacia Dios.
Y cuanto más camino junto a ellos, más profundamente comprendo que toda verdadera luz conduce al Amor. Al Amor de Dios.
A ese Amor que no juzga, que no abandona, que espera pacientemente, que perdona, que transforma y que siempre nos invita a volver al corazón.
También me han enseñado algo que considero esencial: la humildad.
Porque cuando recibimos una bendición, una respuesta, una señal o una ayuda espiritual, no debemos olvidar de dónde viene la fuente de todo Amor.
La humildad nos recuerda que no somos dueños de la Luz.
Somos instrumentos de ella. Y ser instrumento significa servir; significa aprender, significa reconocer que siempre tenemos algo que mejorar, algo que sanar, algo que comprender y mucho que agradecer.
Me han enseñado que la verdadera espiritualidad no debería estar basada en el miedo, sino en el Amor, la Fe, la confianza, el servicio, la esperanza y la humildad.
Por eso deseo compartir esta enseñanza.
No desde la necesidad de convencer a nadie.
Sino desde el profundo deseo de compartir aquello que para mí ha sido fuente de amor, consuelo y transformación.
Porque creo que cada persona tiene su propio camino espiritual y su propia manera de acercarse a Dios.
Pero también creo que hay algo que puede unirnos a todos: el Amor.
Que podamos volver nuestro corazón hacia Dios, que aprendamos a amar más, que aprendamos a perdonar, que aprendamos a agradecer incluso aquello que todavía no comprendemos, que tengamos fe incluso cuando no entendamos el camino, que sepamos pedir ayuda con humildad, pero también abrir las manos para recibirla, que podamos aprender a escuchar aquello que sucede dentro de nuestro corazón y que recordemos que siempre podemos elegir ser instrumentos de amor, luz y paz.
Porque quizás la espiritualidad no consiste únicamente en recibir señales.
Quizás también consiste en convertirnos nosotros mismos en una señal de Amor para alguien más.
Una palabra amable. Un abrazo. Una oración. Un acto de servicio. Una mano extendida. Un perdón. Una mirada compasiva.
A veces podemos ser la respuesta a la oración silenciosa de alguien sin siquiera saberlo.
Y quizás ahí también están los Arcángeles.
No solamente en aquello extraordinario que esperamos ver, sino en esas pequeñas manifestaciones de Amor que aparecen en nuestra vida y nos recuerdan que Dios sigue caminando con nosotros.
Hoy, en el Día de los Arcángeles, elevo mi corazón en gratitud por cada enseñanza, cada señal, cada abrazo invisible y cada momento en el que sentí que una luz mayor me acompañaba.
Gracias, Arcángeles, por caminar conmigo.
Gracias por enseñarme, protegerme, recordarme el camino hacia el Amor.
Gracias por enseñarme que puedo ser fuerte sin dejar de ser sensible, que puedo avanzar sin tener todas las respuestas, que puedo pedir ayuda sin sentirme débil, que puedo servir sin esperar reconocimiento y que puedo confiar aun cuando mis ojos todavía no pueden ver aquello que mi corazón ya siente.
Y sobre todo:
¡Gracias, Dios Padre, por permitirme conocer Tu Amor a través de tantos caminos de Luz!
Gracias por cada día, por cada aprendizaje, por cada persona que ha cruzado mi camino.
Gracias incluso por las dificultades que me han enseñado a crecer, por las veces que tuve que comenzar nuevamente.
Gracias por recordarme que la Fe no significa que nunca tendremos miedo; significa que podemos seguir caminando aun cuando lo sentimos.
Hoy quiero pedir algo muy sencillo:
Que nunca perdamos nuestra capacidad de amar, que nunca dejemos de creer, que nunca olvidemos ser humildes., que cuando la vida nos lleve por caminos que no comprendemos, podamos elevar nuestros ojos hacia el Padre y decir:
“Dios, no entiendo este camino, pero confío en Ti.”
Y que cuando llegue la oscuridad, recordemos que una pequeña luz puede ser suficiente para comenzar a caminar nuevamente.
Que nuestra Fe sea más grande que nuestros miedos.
Que nuestro Amor sea más grande que nuestras dudas.
Que nuestra humildad nos haga siempre voltear los ojos hacia el Padre y que nuestra vida sea un reflejo de la Luz que recibimos.
Porque al final, quizás esa sea una de las enseñanzas más hermosas que los Arcángeles han dejado en mi corazón:
recibir Luz es un regalo; pero convertirnos en Luz para los demás es una responsabilidad de Amor.
Hoy abrazo esta Fe que vive en mi corazón, abrazo a mis maestros, mis guías, mis compañeros y mis amigos de Luz y abrazo, por encima de todo, al Dios Padre en quien confío, a quien amo y a quien entrego cada paso de mi camino.
Helen Goldberg
Ilka Terapias
“Que la Luz de los Arcángeles guíe, proteja, inspire y acompañe nuestro camino, y que nuestro corazón permanezca siempre vuelto hacia Dios.”©

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