El miedo al cambio:
cuando el alma quiere avanzar y el ego se resiste
Vivimos en un universo en constante movimiento. Las estaciones cambian, los ciclos se suceden, las células de nuestro cuerpo se renuevan y la naturaleza nos recuerda, día tras día, que nada permanece igual para siempre.
Sin embargo, cuando el cambio toca nuestra puerta, solemos resistirnos.
Resulta curioso observar cómo, muchas veces, preferimos permanecer en situaciones que nos generan sufrimiento antes que dar un paso hacia lo desconocido. Nos aferramos a relaciones que ya cumplieron su propósito, a viejas heridas, a historias del pasado y a versiones de nosotros mismos que ya no representan quienes estamos llamados a ser.
Esta resistencia no ocurre solamente en nuestras circunstancias externas. También sucede en nuestro mundo interior.
La mente tiene una tendencia natural a regresar una y otra vez a aquello que le duele. Puede ser la ausencia de un hijo que ya no llama, unas palabras que nos hirieron profundamente, la pérdida de un ser amado o una experiencia dolorosa que ocurrió hace años. Y aunque la salida esté frente a nosotros, muchas veces no logramos verla.
¿Por qué sucede esto?
Desde una mirada espiritual, la respuesta es sencilla: porque cambiar implica morir simbólicamente.
Y la muerte, incluso cuando es metafórica, genera temor.
Pero también existe una explicación biológica. Nuestro cerebro se acostumbra a determinadas emociones y estados internos. Cuando permanecemos durante mucho tiempo en frecuencias como la tristeza, el miedo, la culpa, el resentimiento o la sensación de carencia, estas emociones terminan volviéndose familiares.
Lo conocido, aunque duela, suele sentirse más seguro que lo desconocido.
Por eso, muchas personas intentan cambiar y, aun así, regresan una y otra vez a los mismos patrones. No porque sean débiles o incapaces, sino porque todo su sistema físico, emocional y mental busca volver a la vibración que conoce.
La verdadera transformación requiere algo más profundo.
Requiere consciencia.
Requiere valentía.
Y, sobre todo, requiere espiritualidad.
Porque la transformación auténtica no consiste en mejorar al personaje que creemos ser. Consiste en permitir que aquello que ya no somos muera para que pueda nacer una versión más alineada con nuestra esencia.
Ese es el significado profundo de los portales espirituales.
Un portal es un espacio sagrado entre lo que está terminando y lo que está comenzando. Es el puente entre una identidad que se desvanece y otra que está emergiendo.
Y quizás ese sea el mayor desafío del ser humano: aceptar que para renacer debemos soltar.
Tal vez la pregunta correcta no sea: ¿Por qué me cuesta tanto cambiar?
Sino: ¿Qué parte de mí cree que dejará de existir si me transformo?
Porque muchas veces el alma ya está preparada para avanzar, pero es el ego quien todavía teme desaparecer.
En estos tiempos de grandes movimientos energéticos, especialmente con la proximidad del Portal del León, somos invitados a observar qué aspectos de nuestra vida están pidiendo ser liberados.
Quizás no estamos siendo llamados a convertirnos en alguien diferente.
Quizás estamos siendo llamados a recordar quiénes hemos sido siempre.
Y para ello, es necesario atravesar el portal con confianza, fe y amor.
Porque detrás de cada final, la vida siempre está preparando un nuevo comienzo.
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