No es lo mismo no saber que no querer saber
Sobre ignorancia, ingenuidad y esa necedad que a veces nos habita
Por Helen Goldberg
Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©
Aquí plasmo mis pensamientos, algunas veces también mis sentimientos...
Por Helen Goldberg
Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©
Por Helen Goldberg
Existe una idea muy extendida —y muchas veces silenciosa— de que la fe debería protegernos del sufrimiento. Como si creer fuera una especie de escudo espiritual que evita la herida, la pérdida o el quiebre interior. Sin embargo, la experiencia humana y espiritual nos enseña algo distinto: la fe no elimina el dolor; lo acompaña.
Creer no significa dejar de sentir. No anestesia el duelo, no borra la incertidumbre, no cancela el miedo. Al contrario, la fe auténtica suele llevarnos a mirar de frente aquello que duele, sin negar su peso. Nos permite permanecer cuando huir sería más fácil. Nos sostiene cuando no hay respuestas claras.
La fe que madura en medio de la herida
La fe más profunda no se forja cuando todo está en orden, sino cuando la vida se desarma. Es en los momentos de pérdida, silencio y confusión donde la fe deja de ser una idea heredada o una costumbre aprendida, y se convierte en una decisión interior: seguir caminando aun sin certezas.
En ese proceso, la fe cambia. Ya no se basa en expectativas de control ni en promesas de bienestar constante. Se vuelve más humilde, más honesta, más humana. Aprende a convivir con preguntas sin resolver y con oraciones que no reciben una respuesta inmediata. Ahí nace la fe madura: la que no depende de que todo salga bien para seguir creyendo.
El silencio de Dios también es presencia
Uno de los desafíos más grandes de la vida espiritual es aceptar que Dios no siempre responde como esperamos. Hay momentos en los que no hay señales claras, ni alivio rápido, ni explicaciones que ordenen el caos. Y aun así, la fe afirma algo contracultural: la presencia de Dios no desaparece en el silencio.
A veces Dios no se manifiesta quitando el dolor, sino sosteniéndonos dentro de él. No como una respuesta lógica, sino como una compañía fiel. Una presencia que no grita, pero permanece. Que no soluciona todo, pero no abandona.
Recordar quiénes somos cuando todo oscurece
Cuando el futuro se vuelve incierto, la vida espiritual nos invita a recordar. Recordar quiénes somos, de dónde venimos, qué nos ha sostenido antes. La memoria espiritual no es nostalgia; es resistencia. Es volver a las raíces cuando el presente tiembla.
Recordar nuestra historia, nuestra comunidad, nuestras convicciones más profundas nos devuelve identidad cuando el dolor amenaza con desdibujarnos. En ese acto de recordar, la esperanza no siempre aparece como certeza, pero sí como una pequeña luz suficiente para dar el siguiente paso.
Una fe que acompaña, no que promete atajos
La fe no promete caminos fáciles ni finales sin heridas. No hay un milagro que silencie de golpe el miedo ni una explicación que ordene todo el caos emocional. Promete algo más real y más profundo: compañía en medio del camino. Una presencia que camina con nosotros cuando la alegría se apaga, cuando las preguntas pesan más que las respuestas, cuando el dolor no se va.
Creer no es dejar de sufrir. Es no sufrir solos. Y, a veces, eso es exactamente lo que necesitamos para seguir adelante.
Si la fe no existe para evitar el dolor, sino para atravesarlo acompañados, ¿en qué herida de tu vida estás siendo llamado hoy no a huir, ni a entenderlo todo, sino a permanecer… confiando en que incluso ahí, Dios sigue presente?
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Habitarme
Por Helen Goldberg
Muchas personas viven muy conectadas a lo mental, a lo espiritual o a lo ideal, mientras su cuerpo —especialmente el plexo solar— permanece en tensión, agotamiento o en estado de alerta constante.
Esta separación suele expresarse como:
cansancio persistente sin causa médica clara
dificultad para sostener decisiones en el tiempo
sensación de falta de fuerza a pesar de la claridad mental
ansiedad o malestar digestivo
hipersensibilidad frente al conflicto
culpa al afirmarse o poner límites
Pueden aparecer fases transitorias como:
irregularidad intestinal
sensación de calor en el abdomen
cambios espontáneos en la alimentación
rechazo natural a comidas pesadas
No como señales de enfermedad, sino como ajustes y reordenamientos internos.
La voluntad deja de imponerse.
Esto reduce la impulsividad y genera una firmeza más real, más amorosa.
El plexo solar comienza a autorregularse. La persona empieza a:
decir no sin necesidad de explicarse tanto
retirarse de dinámicas desgastantes
sentir incomodidad corporal frente a lo incoherente
El cuerpo se convierte en brújula.
Esto suele manifestarse como:
menor necesidad de demostrar
menos confrontación
mayor calma interna
Aunque al inicio pueda sentirse como una aparente “pérdida de impulso”.
Durante este proceso pueden emerger:
tristeza serena (duelo por identidades antiguas)
desgaste y cansancio emocional
claridad sin exaltación
necesidad de silencio y de ir hacia dentro
depuración natural de vínculos
Es dejar de empujarse hacia versiones ideales de uno mismo y empezar a escuchar el ritmo real del cuerpo que sostiene la vida.
Cuando la conciencia desciende, algo esencial se aquieta.
La lucha interna cede. La exigencia se disuelve.
Y en ese silencio aparece una forma más verdadera de estar.
No se trata de llegar a ningún lugar. Se trata de quedarse.
De permanecer presentes en lo que somos ahora, sin dividirnos, sin abandonarnos.
El plexo solar deja de defenderse cuando deja de ser forzado.
La identidad deja de fragmentarse cuando encuentra un cuerpo dispuesto a recibirla.
Y el alma, al sentirse bienvenida, deja de empujar desde arriba.
Habitarse es permitir que la vida nos atraviese con la fuerza justa, con el pulso que puede sostenerse.
No es expansión.
No es conquista.
Es coherencia.
Y cuando hay coherencia, el cuerpo ya no resiste la vida: la reconoce como propia.
Habitarse es un acto sagrado y silencioso, no es un acto de fuerza.
No tiene testigos externos ni gestos grandiosos.
Sucede cuando dejamos de huir de la experiencia corporal y permitimos que la conciencia descanse donde la vida realmente ocurre.
Cuando el alma encuentra un cuerpo que no la empuja ni la fuerza, algo esencial se reconcilia.
El cuerpo deja de defenderse.
La identidad deja de fragmentarse.
La vida deja de vivirse como una carga que hay que sostener, y comienza a sentirse como un pulso propio. Es un gesto de honestidad profunda.
Una conciencia encarnada no necesita demostrar ni expandirse sin medida.
Sabe cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Sabe decir sí sin violencia y no sin culpa.
Sabe permanecer.
Habitarse es aceptar el ritmo real del propio sistema, el tiempo verdadero del cuerpo, la forma única en que la energía quiere expresarse hoy.
Es renunciar a la exigencia de ser más, para permitirnos ser enteros.
Y cuando esa coherencia se establece, algo profundo se ordena:
la vida ya no se resiste, el cuerpo ya no se tensa, el alma ya no empuja desde arriba.
Todo comienza a habitar el mismo espacio.
Entonces no hay lucha.
No hay separación.
Solo presencia.
Y en esa presencia, la vida deja de doler como algo ajeno y empieza, por fin, a sentirse como hogar.
Repite internamente, si lo sientes:
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Día de Reyes:
Un camino de fe, entrega y luz
No con palabras vacías, sino con actos.
No desde el poder, sino desde la humildad.
No desde el juicio, sino desde la compasión.
Vino a recordarnos que el amor se vive en lo cotidiano:
en el perdón que libera,
en la mano que se tiende sin esperar nada a cambio,
en la mirada que comprende,
en el abrazo que sostiene el alma.
Su mensaje no fue imponer, sino despertar.
Despertar la conciencia del corazón,
la certeza de que todos somos dignos de amor,
y de que amar es el camino más alto de sanación.
Hoy, ese lenguaje sigue vivo cada vez que elegimos la bondad,
cada vez que actuamos con coherencia,
cada vez que servimos desde el alma
y recordamos que amar es nuestra verdadera naturaleza.
Este viernes 12 de diciembre se abre uno de los portales energéticos más significativos del año: el Portal 12:12, un código de alineación cósmica que despierta memorias ancestrales, activa la ascensión de la conciencia y acelera los procesos evolutivos del alma.
Al unirse, forman un código de liderazgo compasivo, de acción guiada por la intuición y de creación desde el amor. Nos invitan a equilibrar nuestras fuerzas internas —lo masculino y lo femenino, lo divino y lo humano, el impulso y la receptividad— para manifestar un camino más alineado con nuestra verdad.
Durante este período, los procesos internos se aceleran, la vibración se eleva y la percepción espiritual se expande. Son días ideales para revisar, liberar, agradecer y sembrar nuevas intenciones.
Su influencia se recibe tanto si estamos al aire libre como si estamos bajo techo. La energía se despliega directamente en nuestro campo interno, envolviendo nuestros cuerpos sutiles en un baño de luz y renovación.
Para los antiguos mayas, entre el 12 y el 21 de diciembre ocurre una alineación sagrada entre:
La Tierra: la materia, nuestra experiencia humana.
El Sol: la conciencia, la voluntad y el propósito.
El Centro Galáctico: el origen, el núcleo que sostiene la vida y la memoria universal.
Esta alineación abre la puerta al Quinto Elemento: el Éter, que eleva la vibración del aura y sutiliza los procesos de transformación interna. Por eso se le conoce como La Llamarada, un momento donde la frecuencia del planeta se amplifica.
Es un llamado a soltar lo viejo con amor y abrir espacio para lo nuevo.
Abramos el corazón para recibir esta bendición solar con amor, gratitud y propósito elevado.
Pidamos:
Paz verdadera
Justicia y equilibrio para la humanidad
Abundancia y prosperidad compartida
Salud y protección para todos los seres
Unidad como Hijos e Hijas del Creador
Que nuestras frecuencias se eleven con dignidad, conciencia y compasión amorosa, en beneficio de toda la vida en este plano y en todos los planos del Universo.
Durante este portal, se activan energías que favorecen la expansión de nuestros 7 cuerpos y los 7 chakras. Esta activación nos invita a trascender desde el estado Alfa hacia el estado Omega, entrando en el Ojo Cuántico, la conexión directa con el Creador de todo lo visible e invisible.
Quien entra conscientemente en esta conexión experimenta una evolución más rápida y clara, dentro y fuera de sí.
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Por Helen Goldberg
Los Ángeles son seres de luz profundamente amorosos, mensajeros de la Divinidad, que nos acompañan día a día desde planos elevados. Su presencia es sutil, constante y benevolente, siempre lista para guiarnos hacia mayor claridad, paz y propósito.
Atrévete a despertar nuevas melodías internas. Permítete recordar la música que tu alma vino a expresar.
La sesión es un espacio suave, amoroso y lleno de luz, diseñado para que te conectes con la guía divina y reconozcas qué aspectos requieren sanar, liberar o fortalecer en tu camino espiritual.
Como parte del proceso, realizamos un escaneo energético con radiestesia, midiendo la frecuencia de tu campo áurico y evaluando el estado de tus chakras. Esta herramienta permite identificar bloqueos, fugas energéticas y memorias estancadas que puedan estar afectando tu bienestar emocional, mental o espiritual.
Posteriormente, entras en un estado de profunda relajación donde, con la asistencia de los Ángeles, se liberan miedos, tensiones, cargas y energías que nublan la claridad interior. Esta liberación abre espacio para que puedas reconocer oportunidades, aprendizajes y caminos que antes no podías ver con nitidez.
La terapia genera paz interior, alivio emocional y una sensación de acompañamiento divino.
Los Ángeles te conocen, te aman y te comprenden; sus mensajes son claros, amorosos y respetuosos de tu libre albedrío. Nunca imponen, solo iluminan.
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No es lo mismo no saber que no querer saber Sobre ignorancia, ingenuidad y esa necedad que a veces nos habita Por Helen Goldberg Hay pal...