miércoles, 18 de febrero de 2026

Cuando dejo de necesitar, comienzo a amar

 Cuando dejo de necesitar, comienzo a amar

El regreso al origen



Por Helen Goldberg

Mientras no recordemos que somos Amor, viviremos creyendo que nos falta algo.

Buscaremos afuera lo que solo puede revelarse dentro.
Buscaremos a alguien que nos complete, que nos salve, que nos haga felices, que dé sentido a nuestra vida. Y sin darnos cuenta, convertimos el amor en necesidad.

Pero cuando el amor nace desde la carencia, atrae vínculos que también vibran en carencia.

Una persona necesitada no busca amar: busca que la amen para sentirse suficiente.
Y desde allí, la relación se convierte en una demanda silenciosa.

Esperar que alguien nos “arregle”, nos llene o sea nuestra “otra mitad” es entregar nuestro poder. Ninguna relación puede sostener el peso de una identidad que no ha sido abrazada primero por uno mismo.

Antes de compartir el camino con alguien, es imprescindible reconciliarnos con nuestra historia. Con nuestras heridas. Con nuestra infancia. Con nuestros vacíos.
No para ser perfectos, sino para ser conscientes.

La pareja no está para completarnos.
Está para acompañarnos.

Cuando estamos en paz con quienes somos, la relación deja de ser una necesidad y se transforma en elección.

Y si compartimos nuestra vida con alguien que tampoco ha reconocido que es Amor, ninguna cantidad de esfuerzo será suficiente para contentarlo o contentarla. Porque quien no sabe que es Amor, siempre sentirá que algo falta.

Muchas veces hacemos todo por agradar, por ser valorados, por no ser abandonados. Pero lo que realmente está pidiendo atención no es la relación… es nuestra incapacidad de aceptarnos.

La pareja no es el problema.
Es el espejo.

La vida entera es un espejo.

Atraemos personas que reflejan partes nuestras que aún no hemos integrado.
Relaciones que reactivan memorias de la niñez.
Heridas antiguas que buscan ser sanadas.
Creencias que arrastramos sobre lo que merecemos, sobre el amor, sobre nosotros mismos.

Nada llega por casualidad.
Todo vínculo es una oportunidad de conciencia.

Cuando algo del otro nos molesta profundamente, vale la pena preguntarnos:
¿Qué parte de mí está hablando aquí?
¿Qué herida se activó?
¿Qué miedo se movió?

Desear que nuestra pareja cambie suele ser una forma sutil de intentar controlar aquello que no hemos sanado en nosotros. Es más fácil señalar afuera que mirar hacia adentro.

Pero el verdadero trabajo siempre es interior.

La Vida nos ama incondicionalmente.
No nos envía relaciones para castigarnos, sino para despertarnos.

A veces buscamos personas que nos hagan sentir amados, cuando en realidad lo único que pueden hacer es reflejar cómo nos estamos tratando a nosotros mismos.

Si tu Ser reconoce que es Amor, entonces incluso lo imperfecto se convierte en parte del aprendizaje. Ya no buscas perfección. Buscas evolución. Ya no buscas posesión. Buscas expansión.

Amar es recordar.

Recordar que no necesitas que nadie te complete.
Recordar que no estás roto.
Recordar que no te falta nada esencial.

Todo tiene una raíz.
Y muchas veces esa raíz está en la infancia: en lo que no recibimos, en lo que interpretamos, en lo que prometimos inconscientemente para sentirnos seguros.

Sanar el amor es sanar al niño interior.
Es abrazar la historia sin juicio.
Es devolvernos la dignidad.
Es reconocernos como fuente y no como mendigos de afecto.

Cuando sabes que eres Amor, ya no eliges desde la necesidad.
Eliges desde la plenitud.

Y desde allí, el amor deja de doler.
Y comienza a florecer.

Si sientes que es momento de ir a la raíz y sanar la historia que hoy se refleja en tus relaciones, estoy aquí para acompañarte.

Porque cuando sanas tu interior…
cambia todo tu exterior. 

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

La ceniza y el ayuno que transforman el corazón

 La ceniza y el ayuno 

que transforman el corazón

Por Helen Goldberg

Hoy no quiero hablar de ritos externos ni de gestos que se quedan en la superficie. Quiero hablar de algo más profundo… de esa transformación silenciosa que sucede cuando dejamos que Dios toque el corazón.

Porque la ceniza que Dios quiere no es solo la que marca nuestra frente.
Es la que suaviza nuestro orgullo.
Es la que nos recuerda, con ternura, que no somos dueños de nada… sino administradores agradecidos de todo lo que hemos recibido.

Es comprender que tus talentos no son trofeos para exhibir, sino semillas para sembrar en la vida de otros. Que lo que sabes, lo que haces, lo que eres… puede convertirse en consuelo, en ayuda, en servicio.

La ceniza que Dios quiere es la que derrite la idea de sentirnos mejores que alguien más. Porque santo y grande solo es Él. Nosotros somos barro amado, frágil, pero lleno de posibilidades cuando confiamos.

Es también la ceniza que no entristece, sino que fortalece. La que te susurra en medio del cansancio: “No tengas miedo, Yo soy tu fuerza”. La que te invita a valorar lo sencillo: una conversación honesta, una comida compartida, una sonrisa sincera, un momento de silencio.

Es aprender a vivir el hoy. Sin tantas nostalgias del ayer ni tantos temores del mañana. Con el corazón abierto a la esperanza. Amando la vida. Defendiéndola. Especialmente la de quienes no tienen voz, la de los más débiles, la de los que el mundo olvida.

Y sí… es también aprender a no temer a la muerte, porque para quien ama y cree, siempre hay promesa de resurrección, de una vida eterna porque el alma nunca muere. Siempre hay Pascua.


Y el ayuno que Dios quiere… tampoco es solo dejar de comer.

Es dejar de lado lo superfluo para que a otros no les falte lo esencial.
Es preferir servir antes que ser servido.
Es regalar tiempo, presencia, escucha.
Es tener hambre y sed de justicia.
Es comprometerse, aunque sea con pequeños gestos, contra la indiferencia, la corrupción y la injusticia.

Es mirar a cada persona como hermano.
Es descubrir en el que sufre un rostro sagrado.
Es trabajar cada día, con paciencia y coherencia, por una humanidad más humana.

Pero hay un ayuno todavía más profundo… el que se vive en lo cotidiano.

Ayunar de palabras que hieren y elegir palabras que sanan.
Ayunar del descontento y abrazar la gratitud.
Ayunar de la rabia y practicar la tranquilidad.
Ayunar del pesimismo y cultivar esperanza.
Ayunar de preocupaciones que nos roban la paz y confiar más.
Ayunar de quejas constantes y redescubrir la belleza de lo simple.
Ayunar de egoísmos y llenarnos de compasión.
Ayunar de resentimientos y atrevernos a perdonar.
Ayunar de ruido y aprender a escuchar.

Si intentáramos vivir así, aunque fuera poco a poco, lo cotidiano se llenaría de algo extraordinario.

Nuestras casas tendrían más paz.
Nuestras palabras construirían más que destruir.
Nuestros gestos hablarían más fuerte que nuestros discursos.

Y sin darnos cuenta, comenzaríamos a respirar confianza, alegría y vida.

Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos dejar que Dios transforme nuestro corazón. Y cuando un corazón cambia… su pequeño mundo también cambia.

Y eso, ya es un milagro. 

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

jueves, 12 de febrero de 2026

No es lo mismo no saber que no querer saber

 No es lo mismo no saber 

que no querer saber

Sobre ignorancia, ingenuidad y esa necedad que a veces nos habita


Por Helen Goldberg


Hay palabras que usamos como armas cuando podrían ser espejos.

Ignorante.

Inculto.

Ingenuo.

Necio.

Hay quien descubre que no sabe y escucha.
Y hay quien descubre que no sabe… pero finge que sí.
Pero sobre todo, se resuelve con humildad.
El problema es no tolerar la sensación de no saber.
Es, en gran medida, sinónimo de acceso.
Pero, a veces, también es aprender a desconfiar.
Es el que no quiere saber.
Pero el necio lo vive como derrota.
Es la simplificación.
La incultura es social.
La ingenuidad es emocional.
La necedad es, en gran medida, una elección.
Todos podemos confiar de más.
Todos podemos no haber tenido acceso.
La incomodidad, a veces, es la antesala del crecimiento.
A pensar mejor.
A nombrar mejor.
Las pronunciamos con facilidad. Las escribimos en comentarios. Las pensamos en silencio sobre otros. A veces, incluso, las sentimos caer sobre nosotros como una sentencia.
Pero no significan lo mismo.
Y cuando las confundimos, no solo empobrecemos el lenguaje: empobrecemos nuestra capacidad de comprender la complejidad humana. Porque detrás de cada una hay una historia distinta, una raíz distinta, una responsabilidad distinta.
Nombrar con precisión es un acto de justicia.


Ignorante: quien no sabe (todavía)
Ser ignorante es no saber algo. Nada más. Nada menos.
No es una falla moral. No es un defecto de carácter. Es una condición inevitable.
Todos somos ignorantes en muchos temas. Lo hemos sido. Lo somos ahora. 
Lo seremos mañana. La ignorancia es parte del proceso de aprender.
Lo que verdaderamente importa no es la ignorancia, sino la actitud frente a ella.
Hay quien descubre que no sabe y pregunta.
La ignorancia se resuelve con información.
El problema no es no saber.


Inculto: cuando el acceso no fue el mismo
La incultura rara vez es una decisión individual aislada. Muchas veces es una consecuencia estructural.
Hablar de alguien como “inculto” implica hablar de trayectorias educativas, contextos sociales, acceso a libros, a conversaciones, a espacios de formación.
No todos crecimos con las mismas oportunidades. No todos tuvimos estímulos culturales similares. No todos fuimos expuestos a las mismas herramientas.
Por eso, usar “inculto” como insulto suele revelar más del que lo dice que del que lo recibe.
La cultura no es sinónimo de inteligencia.
Y juzgar el punto de llegada sin considerar el punto de partida es, como mínimo, incompleto.

Ingenuo: la valentía de confiar
El ingenuo no necesariamente desconoce. El ingenuo confía.
Cree en la palabra del otro. Supone coherencia. Interpreta desde la buena fe. 
La ingenuidad nace de la inexperiencia, sí. Pero también nace del deseo profundo de que el mundo funcione con cierta lógica moral.

Perder la ingenuidad suele llamarse “madurar”.
Y eso tiene un costo.
En una sociedad donde el cinismo parece inteligencia y la sospecha parece astucia, la ingenuidad puede verse como debilidad. Sin embargo, confiar —aun sabiendo que podemos equivocarnos— es una forma de apertura emocional.
No es falta de capacidad. Es una disposición del corazón.


Necio: cuando el ego se vuelve muralla
Aquí la diferencia se vuelve más clara.
El necio no es el que no sabe.
Puede tener datos frente a sí. Puede escuchar argumentos sólidos. Puede enfrentarse a evidencia clara. Y aun así, se aferra.
La necedad no nace de la ignorancia. Nace de la soberbia.
Es la incapacidad de aceptar que podemos estar equivocados. Es la resistencia a revisar nuestras ideas porque hacerlo implicaría revisar nuestra identidad.
Cambiar de opinión no es perder.
Y por eso la necedad es la más difícil de transformar: porque no se soluciona con más información, sino con más humildad.


El daño de no distinguir
Cuando llamamos ignorante a alguien que simplemente no tuvo acceso, somos injustos.
Cuando llamamos ingenuo a alguien que confía, somos cínicos.
Cuando llamamos ignorante al necio, somos imprecisos.
Pero lo más grave no es el error semántico.
Cuando dejamos de distinguir, dejamos de comprender. Y cuando dejamos de comprender, empezamos a reducir personas a etiquetas.
Y ninguna persona cabe en una sola palabra.


Una pregunta que incomoda
La ignorancia es humana.
Tal vez el verdadero peligro no sea ser ignorante, inculto o ingenuo en algún momento de la vida. Ni haber carecido de ciertas oportunidades. Ni haber confiado demasiado.
Tal vez el verdadero riesgo sea no preguntarnos nunca cuál de estas actitudes estamos adoptando hoy.
Porque todos podemos no saber.
Pero cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de cuestionarnos, cuando dejamos de aprender… empezamos a convertirnos en aquello que más criticamos.
Y nada endurece tanto como creer que ya no tenemos nada que aprender.
Si este texto te incomodó un poco, quizá no fue casualidad.
Y, sobre todo, a mirar con más honestidad hacia dentro.


Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©




lunes, 9 de febrero de 2026

Donde el dolor existe, la fe permanece


Donde el dolor existe, 
la fe permanece

La fe que no quita el dolor, pero no nos deja solos

Por Helen Goldberg 







Existe una idea muy extendida —y muchas veces silenciosa— de que la fe debería protegernos del sufrimiento. Como si creer fuera una especie de escudo espiritual que evita la herida, la pérdida o el quiebre interior. Sin embargo, la experiencia humana y espiritual nos enseña algo distinto: la fe no elimina el dolor; lo acompaña.

Creer no significa dejar de sentir. No anestesia el duelo, no borra la incertidumbre, no cancela el miedo. Al contrario, la fe auténtica suele llevarnos a mirar de frente aquello que duele, sin negar su peso. Nos permite permanecer cuando huir sería más fácil. Nos sostiene cuando no hay respuestas claras.

La fe que madura en medio de la herida

La fe más profunda no se forja cuando todo está en orden, sino cuando la vida se desarma. Es en los momentos de pérdida, silencio y confusión donde la fe deja de ser una idea heredada o una costumbre aprendida, y se convierte en una decisión interior: seguir caminando aun sin certezas.

En ese proceso, la fe cambia. Ya no se basa en expectativas de control ni en promesas de bienestar constante. Se vuelve más humilde, más honesta, más humana. Aprende a convivir con preguntas sin resolver y con oraciones que no reciben una respuesta inmediata. Ahí nace la fe madura: la que no depende de que todo salga bien para seguir creyendo.

El silencio de Dios también es presencia

Uno de los desafíos más grandes de la vida espiritual es aceptar que Dios no siempre responde como esperamos. Hay momentos en los que no hay señales claras, ni alivio rápido, ni explicaciones que ordenen el caos. Y aun así, la fe afirma algo contracultural: la presencia de Dios no desaparece en el silencio.

A veces Dios no se manifiesta quitando el dolor, sino sosteniéndonos dentro de él. No como una respuesta lógica, sino como una compañía fiel. Una presencia que no grita, pero permanece. Que no soluciona todo, pero no abandona.

Recordar quiénes somos cuando todo oscurece

Cuando el futuro se vuelve incierto, la vida espiritual nos invita a recordar. Recordar quiénes somos, de dónde venimos, qué nos ha sostenido antes. La memoria espiritual no es nostalgia; es resistencia. Es volver a las raíces cuando el presente tiembla.

Recordar nuestra historia, nuestra comunidad, nuestras convicciones más profundas nos devuelve identidad cuando el dolor amenaza con desdibujarnos. En ese acto de recordar, la esperanza no siempre aparece como certeza, pero sí como una pequeña luz suficiente para dar el siguiente paso.

Una fe que acompaña, no que promete atajos

La fe no promete caminos fáciles ni finales sin heridas. No hay un milagro que silencie de golpe el miedo ni una explicación que ordene todo el caos emocional. Promete algo más real y más profundo: compañía en medio del camino. Una presencia que camina con nosotros cuando la alegría se apaga, cuando las preguntas pesan más que las respuestas, cuando el dolor no se va.

Creer no es dejar de sufrir. Es no sufrir solos. Y, a veces, eso es exactamente lo que necesitamos para seguir adelante.

Si la fe no existe para evitar el dolor, sino para atravesarlo acompañados, ¿en qué herida de tu vida estás siendo llamado hoy no a huir, ni a entenderlo todo, sino a permanecer… confiando en que incluso ahí, Dios sigue presente?


Todos los Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

domingo, 8 de febrero de 2026

Habitarme

Habitarme 

Cuando la conciencia se encarna, el cuerpo deja de resistir la vida

Por Helen Goldberg 


En este tiempo se está activando un proceso profundo de reorganización interna.
No ocurre desde la mente, sino desde capas más sutiles y, al mismo tiempo, profundamente físicas del ser.

Este movimiento comienza en el chakra estrella del alma: un centro energético ubicado simbólicamente por encima de la cabeza, que sostiene la memoria de quiénes somos en esencia.
Allí habita el sentido profundo, la orientación interna, la coherencia que da significado a nuestra experiencia humana.

El plexo solar, en cambio, es el lugar donde esa identidad intenta expresarse en la vida cotidiana.
Está íntimamente vinculado al sistema nervioso entérico, a la digestión, a la respuesta al estrés, a la autoestima y al ejercicio diario del poder personal.
Es uno de los centros más sensibles y reactivos del cuerpo.

Cuando hablamos de la integración entre el chakra estrella del alma y el plexo solar, hablamos de un proceso en el que la conciencia comienza a descender y a habitar el cuerpo.
El sentido profundo de la vida busca un lugar posible, sostenible y real en la experiencia corporal.

Es la unión entre lo que sentimos que somos y lo que nuestro cuerpo puede sostener sin romperse.

La raíz de la desconexión

Muchas personas viven muy conectadas a lo mental, a lo espiritual o a lo ideal, mientras su cuerpo —especialmente el plexo solar— permanece en tensión, agotamiento o en estado de alerta constante.

Esta separación suele expresarse como:

  • cansancio persistente sin causa médica clara

  • dificultad para sostener decisiones en el tiempo

  • sensación de falta de fuerza a pesar de la claridad mental

  • ansiedad o malestar digestivo

  • hipersensibilidad frente al conflicto

  • culpa al afirmarse o poner límites

En estos casos, la identidad permanece “arriba”, pero el cuerpo no logra acompañar.
El sistema nervioso entra en incoherencia: la mente avanza, pero el cuerpo se protege, se suspende o enferma.

El sentido profundo de esta integración

La unión del chakra estrella del alma con el plexo solar marca el momento en que la conciencia deja de vivirse separada del cuerpo.
No se trata de elevar el cuerpo hacia la conciencia, sino de permitir que la conciencia se encarne.

A partir de aquí, las decisiones ya no se toman solo desde lo que debería ser, sino desde lo que puede sostenerse con energía vital:
  • sin agotamiento,
  • sin traición interna,
  • sin enfermedad.

La pregunta comienza a cambiar.
Ya no es solo: ¿qué es correcto?
sino: ¿qué puedo sostener hoy con mi cuerpo y mi energía?
Este proceso es profundamente físico y profundamente compasivo.

Manifestaciones frecuentes del reajuste

1. Reorganización digestiva

El plexo solar responde de manera directa al estrés.
Al comenzar a alinearse identidad y acción, la tensión crónica disminuye y el cuerpo sale del estado de defensa permanente.

Pueden aparecer fases transitorias como:

  • irregularidad intestinal

  • sensación de calor en el abdomen

  • cambios espontáneos en la alimentación

  • rechazo natural a comidas pesadas

No como señales de enfermedad, sino como ajustes y reordenamientos internos.

2. Una nueva relación con la voluntad

La voluntad deja de imponerse.

Antes: “tengo que poder”.
Ahora: “puedo hasta donde mi cuerpo dice sí”.

Esto reduce la impulsividad y genera una firmeza más real, más amorosa.

3. Límites que nacen desde el cuerpo

El plexo solar comienza a autorregularse. La persona empieza a:

  • decir no sin necesidad de explicarse tanto

  • retirarse de dinámicas desgastantes

  • sentir incomodidad corporal frente a lo incoherente

El cuerpo se convierte en brújula.

4. Maduración del poder personal

El poder deja de vivirse como control, lucha o resistencia.
Se transforma en presencia.

La fuerza ya no empuja hacia afuera; sostiene desde dentro.

Esto suele manifestarse como:

  • menor necesidad de demostrar

  • menos confrontación

  • mayor calma interna

Aunque al inicio pueda sentirse como una aparente “pérdida de impulso”.

Cambios emocionales habituales

Durante este proceso pueden emerger:

  • tristeza serena (duelo por identidades antiguas)

  • desgaste y cansancio emocional

  • claridad sin exaltación

  • necesidad de silencio y de ir hacia dentro

  • depuración natural de vínculos

Todo esto ocurre porque se está drenando lo que ya no es coherente.
No es un retroceso, sino un reajuste que nos vuelve más capaces de habitar lo que sentimos sin dividirnos.

Cuando la conciencia desciende al plexo solar, deja de flotar.
Se encarna.

Y una conciencia encarnada no huye del mundo: aprende a vivir en él con coherencia.

No es expansión. Es alineación. Y cuando hay alineación, el cuerpo deja de resistirse a la vida.

Es dejar de empujarse hacia versiones ideales de uno mismo y empezar a escuchar el ritmo real del cuerpo que sostiene la vida.

Cuando la conciencia desciende, algo esencial se aquieta.
La lucha interna cede. La exigencia se disuelve.
Y en ese silencio aparece una forma más verdadera de estar.

No se trata de llegar a ningún lugar. Se trata de quedarse.
De permanecer presentes en lo que somos ahora, sin dividirnos, sin abandonarnos.

El plexo solar deja de defenderse cuando deja de ser forzado.
La identidad deja de fragmentarse cuando encuentra un cuerpo dispuesto a recibirla.
Y el alma, al sentirse bienvenida, deja de empujar desde arriba.

Habitarse es permitir que la vida nos atraviese con la fuerza justa, con el pulso que puede sostenerse. 

No es expansión.

No es conquista.

Es coherencia.

Y cuando hay coherencia, el cuerpo ya no resiste la vida: la reconoce como propia.

Habitarse es un acto sagrado y silencioso, no es un acto de fuerza.
No tiene testigos externos ni gestos grandiosos.
Sucede cuando dejamos de huir de la experiencia corporal y permitimos que la conciencia descanse donde la vida realmente ocurre.

Cuando el alma encuentra un cuerpo que no la empuja ni la fuerza, algo esencial se reconcilia.
El cuerpo deja de defenderse.
La identidad deja de fragmentarse.
La vida deja de vivirse como una carga que hay que sostener, y comienza a sentirse como un pulso propio. 
Es un gesto de honestidad profunda.

Una conciencia encarnada no necesita demostrar ni expandirse sin medida.
Sabe cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Sabe decir sí sin violencia y no sin culpa.
Sabe permanecer.

Habitarse es aceptar el ritmo real del propio sistema, el tiempo verdadero del cuerpo, la forma única en que la energía quiere expresarse hoy.
Es renunciar a la exigencia de ser más, para permitirnos ser enteros.

Y cuando esa coherencia se establece, algo profundo se ordena:
la vida ya no se resiste, el cuerpo ya no se tensa, el alma ya no empuja desde arriba.

Todo comienza a habitar el mismo espacio.

Entonces no hay lucha.
No hay separación.
Solo presencia.

Y en esa presencia, la vida deja de doler como algo ajeno y empieza, por fin, a sentirse como hogar.


Meditación guiada

Cuando el alma aprende a habitar el cuerpo

Adopta una postura cómoda.
Permite que tu cuerpo esté sostenido.
No tienes que hacer nada más.

Cierra suavemente los ojos.
Lleva tu atención a la respiración, sin cambiarla.
Solo observa cómo el aire entra… y sale.

Imagina ahora, por encima de tu cabeza, una luz suave y consciente.
Es tu chakra estrella del alma.
No brilla con intensidad: irradia calma, claridad y sentido.

Siente que en esa luz está la memoria de quién eres en esencia.
Sin esfuerzo.
Sin exigencia.

Permite que esa luz comience a descender lentamente…
atravesando la coronilla,
el cuello,
el pecho…
hasta llegar al centro de tu abdomen, al plexo solar.

Al inhalar, la luz desciende.
Al exhalar, el plexo solar se relaja.

Siente el abdomen soltándose.
Aflojando defensas antiguas.
Liberando tensiones que ya no necesita sostener.

Permite que la luz del alma se asiente ahí.
No para exigir.
No para empujar.
Sino para habitar.

Repite internamente, si lo sientes:

Mi conciencia habita mi cuerpo con amor.
Puedo sostener mi vida desde dentro.
Mi poder es presencia y coherencia.

Respira unos momentos más.
Siente cómo identidad y cuerpo comienzan a dialogar sin conflicto.

Cuando estés listo/a, vuelve lentamente.
Moviendo las manos…
los pies…
abriendo los ojos con suavidad.

Este proceso continúa más allá de esta meditación.
A lo largo del tiempo se están creando nuevas y profundas conexiones en tu cuerpo físico.

Confía.
Tu cuerpo sabe cómo alinearse con tu verdad.

Todos los Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

martes, 6 de enero de 2026

Día de Reyes: un camino de fe, entrega y luz

 Día de Reyes:

Un camino de fe, entrega y luz

Por Helen Goldberg 

El Día de Reyes nos recuerda que el verdadero viaje no fue solo físico, sino profundamente espiritual.
Los Reyes Magos siguieron una estrella, símbolo de la guía divina, de la voz interior que nos llama cuando el alma está lista para reconocer la Luz.
Ellos no llegaron con las manos vacías, sino con regalos sagrados cargados de significado espiritual:

Oro: representa el reconocimiento de la divinidad, la conciencia de que la Luz habita en cada ser. Es el honor a la presencia de Dios en la Tierra y en nuestro corazón.

Incienso: simboliza la oración, la conexión con lo sagrado, el puente entre el cielo y la Tierra. Nos recuerda elevar nuestra intención, vivir en fe y mantener el corazón abierto a lo divino.

Mirra: nos habla de la humanidad, del amor que abraza el dolor, de la sanación y la transformación. Es la aceptación de la experiencia humana como parte del camino espiritual.

La misión de los Reyes Magos fue enseñarnos que buscar la Luz requiere fe, humildad y entrega, y que cada paso guiado por el amor nos acerca al propósito del alma.
Que hoy también tú sigas tu estrella interior,que honres lo sagrado que vive en ti y que recuerdes que cada regalo del alma tiene un propósito divino.
Feliz Día de Reyes!

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

jueves, 25 de diciembre de 2025

Vino al mundo para enseñarnos el lenguaje del amor

Vino al mundo para enseñarnos el lenguaje del amor

Por Helen Goldberg 

No con palabras vacías, sino con actos.
No desde el poder, sino desde la humildad.
No desde el juicio, sino desde la compasión.

Vino a recordarnos que el amor se vive en lo cotidiano:
en el perdón que libera,
en la mano que se tiende sin esperar nada a cambio,
en la mirada que comprende,
en el abrazo que sostiene el alma.

Su mensaje no fue imponer, sino despertar.
Despertar la conciencia del corazón,
la certeza de que todos somos dignos de amor,
y de que amar es el camino más alto de sanación.

Hoy, ese lenguaje sigue vivo cada vez que elegimos la bondad,
cada vez que actuamos con coherencia,
cada vez que servimos desde el alma
y recordamos que amar es nuestra verdadera naturaleza.

Que hoy seamos nosotros ese lenguaje.
Que el amor se exprese a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones. 
Feliz Navidad con todo mi amor, un abrazo de luz para todos.
Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

Cuando dejo de necesitar, comienzo a amar

 Cuando dejo de necesitar, comienzo a amar El regreso al origen Por Helen Goldberg Mientras no recordemos que somos Amor, viviremos creyendo...