El Ángel de la Guarda:
el compañero que Dios puso a nuestro lado
Hay presencias que no siempre podemos ver, pero que podemos sentir.
Presencias que nos acompañan silenciosamente, que parecen llegar justo cuando más las necesitamos, que nos susurran una advertencia al corazón, que nos invitan a detenernos cuando estamos a punto de tomar un camino que no nos hace bien y que, muchas veces, nos llenan de una paz inexplicable.
Para mí, una de esas presencias tiene un nombre muy especial:
mi Ángel de la Guarda
Desde el día en que llegamos a este mundo, existe un ser de luz que, por voluntad de Dios, camina junto a nosotros.
No para vivir nuestra vida por nosotros, ni para evitar cada dificultad, no para impedir que aprendamos nuestras propias lecciones, sino para acompañarnos. Para protegernos, para orientarnos, para ayudarnos a discernir, para recordarnos, en los momentos de oscuridad, que nunca estamos completamente solos.
Un compañero para toda la vida
Me conmueve profundamente pensar que nuestro Ángel de la Guarda está presente desde nuestros primeros momentos de vida.
Nos acompaña cuando somos pequeños y todavía no comprendemos tantas cosas. Nos acompaña mientras crecemos, cuando comenzamos a descubrir quiénes somos.
Está presente en nuestras alegrías, en nuestros sueños, en nuestras pérdidas, en nuestras decisiones, en nuestros cambios y también en esos momentos en los que sentimos que no sabemos hacia dónde caminar y aunque no podamos verlo con nuestros ojos, podemos aprender a reconocer su presencia de otras maneras.
Quizás sea esa intuición que nos dice: “No vayas por ahí ”,ese pensamiento que aparece inesperadamente: “Detente ”, esa sensación profunda que nos invita a llamar a alguien, a esperar un poco más, a cambiar de camino o simplemente a confiar; esa paz que llega después de una oración o esa certeza inexplicable de que debemos seguir adelante.
No siempre sabemos distinguir su voz entre todas las voces que habitan nuestra mente y nuestro corazón. Por eso también necesitamos discernimiento, oración y silencio interior.
Porque aprender a escuchar a nuestro Ángel de la Guarda también significa aprender a escuchar a Dios.
Una voz que no obliga
Creo que los seres de luz no necesitan imponerse. No gritan, no obligan y no nos arrebatan nuestro libre albedrío.
Acompañan, sugieren, advierten, iluminan y esperan.
Esperan pacientemente a que abramos nuestro corazón y seamos capaces de escuchar. Por eso, tantas veces, cuando miro hacia atrás y recuerdo determinadas situaciones de mi vida, pienso: ¿Cuántas veces mi Ángel intentó protegerme y yo no escuché?, ¿en cuántas ocasiones aquella puerta que no se abrió fue una forma de protección?, ¿cuántas veces una demora, una despedida, una intuición o un cambio inesperado terminaron llevándome hacia un lugar que necesitaba conocer?
Tal vez nunca podamos comprender completamente los caminos de Dios, pero podemos aprender a confiar.
Gracias por caminar conmigo
Hoy quiero detenerme para decir: Gracias.
Gracias, Ángel de la Guarda, por estar conmigo incluso cuando yo no fui consciente de tu presencia, por las veces que me has advertido, porque me has ayudado a discernir, por acompañarme cuando he tenido miedo, por sostener mi corazón en los momentos difíciles, por alegrarte conmigo en los momentos de felicidad, por protegerme de aquello que no podía ver, por las señales que llegaron en el momento preciso, por esas pequeñas coincidencias que parecían casualidad y que, desde mi fe, aprendí a contemplar de otra manera, por tu paciencia, por tu lealtad y por permanecer.
Porque mientras muchas cosas en nuestra vida cambian —las personas, los lugares, los sueños, las circunstancias— existe algo profundamente hermoso en la idea de un compañero espiritual que permanece a nuestro lado durante todo nuestro camino.
Hasta el último instante
Y hay algo que encuentro especialmente conmovedor en la tradición cristiana:
pensar que nuestro Ángel de la Guarda no solamente nos acompaña durante nuestra vida terrenal, sino que permanece junto a nosotros hasta el último momento, acompañando nuestra alma en su regreso a la presencia de Dios.
Qué hermoso pensar que no caminamos solos hacia nuestra última morada, que aquel ser que nos acompañó desde el comienzo también estará allí para entregarnos nuevamente al Amor del Padre, como si toda nuestra existencia fuera un viaje acompañado.
De Dios venimos. Con Dios caminamos y hacia Dios regresamos. Y en ese camino, nuestro Ángel de la Guarda permanece a nuestro lado como un humilde servidor de la Luz.
Una relación de amor y confianza
Por eso hoy no quiero hablar del Ángel de la Guarda solamente como una figura espiritual.
Quiero reconocerlo como compañero de camino. Como ese amigo invisible al que podemos hablarle, al que podemos agradecer, pedirle que nos ayude a discernir, al que podemos confiar nuestros temores y al que podemos decir simplemente:
“Quédate conmigo. Ayúdame a permanecer cerca de Dios.”
Porque cuanto más profunda se vuelve mi relación con los Ángeles, más profundamente comprendo que ellos no son el destino de nuestra fe.
Ellos nos recuerdan el camino hacia Dios y eso es lo que más amo de ellos, me han enseñado que la verdadera luz no busca protagonismo; la verdadera luz conduce hacia Dios.
Por eso mi amor por ellos está profundamente unido a mi amor y a mi fe en Dios Padre, en Jesús y en la presencia amorosa de María.
Hoy quiero decirte: gracias
Gracias, querido Ángel de la Guarda.
Gracias por haber estado desde el principio, por permanecer, por cuidar, por advertir, por iluminar, por acompañar, por respetar mis decisiones incluso cuando me equivoqué, por ayudarme a regresar al camino cuando me alejé y gracias por recordarme, una y otra vez, que detrás de cada camino recorrido existe un Amor mucho más grande que nosotros.
Hoy te entrego mi gratitud, te entrego mi confianza y te entrego también mi promesa de intentar caminar cada día con más fe, más amor, más conciencia y más cerca de Dios.
Qué privilegio saber que no camino sola y qué regalo tan hermoso recordar que, desde el primer instante de nuestra existencia hasta el último suspiro, hay un Ángel que permanece cerca… acompañando nuestra historia de regreso a la Luz.
A mi Ángel de la Guarda:
Gracias por caminar conmigo cuando no sabía hacia dónde ir.
Gracias por hablarle a mi corazón cuando no sabía escuchar.
Gracias por protegerme sin quitarme la libertad de elegir.
Gracias por permanecer cuando yo dudé.
Y gracias por recordarme que, mientras camine de la mano de Dios, nunca estaré verdaderamente sola.
Con amor, gratitud y profundo abrazo de Luz.
Helen Goldberg
Ilka Terapias
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