miércoles, 4 de noviembre de 2026

KALPAVRIKSHA: EL ÁRBOL DE LOS DESEOS QUE HABITA EN NUESTRO CORAZÓN

 

KALPAVRIKSHA: 

EL ÁRBOL DE LOS DESEOS QUE HABITA EN NUESTRO CORAZÓN


Por Helen Goldberg


Existe una antigua enseñanza de profunda belleza espiritual, presente en la sabiduría de las tradiciones védicas y en el simbolismo esotérico del yoga, que nos invita a descubrir un misterio que habita en nuestro interior: 

El árbol celestial de los deseos, conocido como Kalpavriksha.


Esta enseñanza nos habla de un espacio sagrado dentro del corazón, representado simbólicamente como un loto de ocho pétalos.


En el centro de este loto florece un árbol celestial, cuyas raíces se nutren de la conciencia divina y cuyas ramas se extienden hacia todas las posibilidades de manifestación. Se dice que este árbol tiene el poder de conceder aquello que verdaderamente anhelamos.


Pero el significado de Kalpavriksha va mucho más allá de la idea de un árbol mágico capaz de cumplir nuestros deseos. Su enseñanza encierra una reflexión profunda sobre la naturaleza de nuestros pensamientos, nuestras intenciones y el origen de aquello que pedimos a la vida.


No todos los deseos nacen del mismo lugar

Existen deseos que surgen de nuestra personalidad, de nuestras necesidades emocionales, de los condicionamientos adquiridos y de las experiencias que nos han marcado. Son aquellos que, muchas veces, están impulsados por el miedo, la inseguridad, la necesidad de reconocimiento o el apego a determinadas personas, situaciones y resultados.


Estos deseos suelen estar relacionados con aquello que creemos necesitar para sentirnos completos, seguros o felices. Buscamos fuera de nosotros algo que, en realidad, anhelamos encontrar dentro.


Sin embargo, existe otra clase de deseo: aquel que nace de las profundidades del alma.

Son los anhelos que no responden a una carencia, sino a una verdad interior. No surgen de la necesidad de controlar la vida ni de llenar un vacío, sino de una conexión más profunda con nuestra esencia espiritual.


Son esos llamados silenciosos que nos impulsan a crecer, amar, sanar, servir, crear, evolucionar y vivir en mayor armonía con nuestra verdadera naturaleza.

Por eso, la enseñanza de Kalpavriksha nos invita a realizar un viaje hacia nuestro interior. Nos recuerda que, antes de pedir, debemos aprender a escuchar; antes de desear, debemos comprender desde dónde estamos deseando.


Cuando aquietamos la mente, trascendemos por un momento las exigencias del ego y nos sumergimos en las profundidades de nuestra conciencia, comenzamos a distinguir aquello que realmente tiene significado para nuestra alma.

Es en ese espacio de silencio interior donde podemos reconocer nuestros anhelos más auténticos.


Kalpavriksha representa, entonces, la capacidad creadora que despierta cuando nuestros deseos se encuentran en armonía con nuestra esencia espiritual.


Sus raíces nos recuerdan la importancia de permanecer conectados con nuestra fuente divina; su tronco simboliza la fortaleza de nuestra conciencia; sus ramas representan las infinitas posibilidades que se abren ante nosotros, y sus frutos simbolizan aquello que puede florecer en nuestra vida cuando nuestros pensamientos, intenciones y acciones están alineados.


La verdadera enseñanza no consiste simplemente en desear para recibir, sino en aprender a desear desde un estado de mayor conciencia.

Porque quizás el secreto no esté en pedirle al universo que nos conceda todo aquello que creemos querer, sino en desarrollar la sabiduría necesaria para reconocer aquello que verdaderamente necesitamos para nuestra evolución.


Y cuando ese reconocimiento sucede, nuestros deseos dejan de ser únicamente expresiones de la personalidad y se convierten en intenciones conscientes, capaces de orientar nuestras decisiones y transformar nuestra realidad.


Tal vez el árbol de los deseos nunca estuvo fuera de nosotros. Tal vez siempre estuvo creciendo en el jardín secreto de nuestro corazón, esperando que aprendiéramos a entrar en él, a escuchar nuestra alma y a descubrir qué semillas estamos verdaderamente llamados a sembrar.


Una reflexión para profundizar

Hay una idea que considero especialmente importante para acompañar esta enseñanza:

"No todo lo que deseamos nos conduce hacia donde nuestra alma necesita ir. Y no todo aquello que nuestra alma anhela coincide con lo que nuestra personalidad cree necesitar."

Por eso, antes de formular un deseo, podemos detenernos y preguntarnos:

  • ¿Este deseo nace del amor o del miedo?

  • ¿Estoy buscando llenar un vacío o expresar mi verdadera esencia?

  • ¿Deseo esto porque me acerca a quien soy o porque temo perder algo?

  • ¿Este anhelo contribuye a mi crecimiento y al bienestar de los demás?

Estas preguntas pueden convertirse en una práctica de autoconocimiento y discernimiento espiritual.

«Cuando el corazón despierta, dejamos de pedir desde nuestras carencias y comenzamos a crear desde la plenitud de nuestra alma. 
Allí, en el silencio de nuestro interior, florece Kalpavriksha: el árbol de todos los anhelos verdaderos».

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©


martes, 3 de noviembre de 2026

Hay amores que no se despiden… se quedan a vivir para siempre en el alma

Hay amores que no se despiden… 
se quedan a vivir
 para siempre en el alma

Por Helen Goldberg

En memoria de quienes partieron y de aquellos que, aunque ya no podemos abrazar, siguen formando parte de nuestra historia.

Hay personas que se marchan de este mundo, pero dejan en nosotros una huella que el tiempo no consigue borrar.

Permanecen en una canción, en el aroma de una flor, en una fotografía o en esos pequeños momentos en los que, inesperadamente, sentimos que están cerca. Se quedan en nuestras palabras, en nuestras costumbres y en todo aquello que aprendimos a amar gracias a ellas.

Porque hay despedidas que llegan antes de que nuestro corazón esté preparado. Abrazos que seguimos necesitando y palabras que daríamos cualquier cosa por volver a escuchar.

Y hay amores tan profundos que ni siquiera la muerte puede borrar.

El amor después de la ausencia

Cuando alguien que amamos parte de este mundo, la vida continúa, pero algo dentro de nosotros cambia para siempre.

Aprendemos a caminar con un espacio vacío, a celebrar sin su presencia y a enfrentar esos momentos en los que nuestro primer impulso todavía es querer compartir algo con quien ya no está.

A veces, basta una canción, un aroma o una fecha especial para que el recuerdo nos devuelva a otro tiempo. Y entonces comprendemos que extrañar también es una forma de amar.

El amor no desaparece cuando alguien deja de estar físicamente a nuestro lado. Se transforma en memoria, en gratitud y en todo aquello que esa persona sembró en nuestra vida.

Sanar no es olvidar

Muchas veces creemos que superar una pérdida significa dejar de llorar o conseguir que el tiempo borre el dolor.

Pero el duelo no tiene un calendario ni una manera correcta de vivirse. Hay días en los que recordamos con una sonrisa y otros en los que una lágrima llega sin pedir permiso.

Podemos agradecer por lo vivido y, al mismo tiempo, sentir tristeza por aquello que ya no podremos compartir.

Sanar significa aprender a vivir con la ausencia, sin renunciar al amor.

Es darle un nuevo lugar a quien partió dentro de nuestra historia y permitir que el dolor encuentre, poco a poco, un espacio más sereno.

También significa comprender que volver a sonreír no es traicionar su memoria. La felicidad no borra lo vivido. Seguir adelante, amar y disfrutar de la vida puede ser una hermosa manera de honrar a quienes nos enseñaron a vivir.

Lo que permanece

Quienes han partido siguen presentes en las enseñanzas que nos dejaron, en los valores que sembraron y en esas pequeñas costumbres que, sin darnos cuenta, hemos heredado.

Están en nuestra manera de mirar el mundo, en una receta familiar, en una canción que nos transporta a otro tiempo y en las historias que compartimos.

Quizás no podamos volver a abrazarlos, pero podemos abrazar todo aquello que sembraron en nosotros.

Podemos honrar su existencia viviendo con más amor, siendo compasivos y aprendiendo a valorar esos instantes que antes parecían pequeños.

Porque perder a alguien no significa perder todo lo que esa persona representó en nuestra vida.

A las almas que hoy recordamos

Hoy quiero dedicar estas palabras a quienes extrañan a una madre, un padre, un hijo, un hermano, un compañero de vida o un amigo.

A quienes tuvieron que despedir a sus seres queridos demasiado pronto; a quienes guardan palabras pendientes y a quienes conservan una fotografía, una carta o un pequeño objeto que se ha convertido en un tesoro.

También a quienes perdieron a esos animales que fueron familia, compañía y amor incondicional.

Si hoy hay alguien que ocupa tus pensamientos, permítete recordar.

No te apresures a sanar. No sientas que debes olvidar para continuar.

Y si hay algo que quedó pendiente, encuentra en tu corazón un espacio para expresarlo. A veces, una oración o una conversación íntima con Dios pueden ayudarnos a encontrar consuelo y paz.

Cuando el amor se convierte en luz

Desde mi fe, me gusta pensar que las almas que amamos descansan en la paz y el amor de Dios; que su luz divina las abraza y que los ángeles las acompañan en su camino hacia la eternidad.

Aunque nuestros caminos ya no se encuentren de la misma manera, el amor que nos unió sigue siendo parte de nuestra historia.

Quizás nunca comprendamos por completo el misterio de la vida y de la muerte, pero podemos confiar en que el amor verdadero nunca fue en vano.

Hoy, si extrañas a alguien, regálate un instante de silencio.

Cierra los ojos. Lleva tus manos al corazón. Recuerda su rostro, su voz, su sonrisa.

Y desde ese lugar íntimo donde solo tú y Dios conocen la profundidad de tu amor, susurra su nombre.

Dile aquello que todavía necesitas decir.

Y, si lo sientes en tu corazón, eleva esta oración:

Una oración desde el corazón

Gracias por haber existido en mi vida.

Gracias por cada abrazo, cada sonrisa y cada instante compartido.

Aunque tu ausencia todavía duele, elijo honrar tu recuerdo viviendo con amor.

Que Dios te reciba en su luz, que los ángeles te acompañen y que tu alma encuentre la paz eterna.

Yo seguiré caminando, llevando conmigo lo más hermoso que me dejaste: el amor.

Una última reflexión para llevar en el corazón

Tal vez algún día podamos recordar sin que los ojos se nos llenen de lágrimas, pronunciar sus nombres con una sonrisa y contar sus historias desde la gratitud.

Y cuando ese día llegue, no significará que los hemos olvidado.

Significará que hemos aprendido a convivir con su ausencia y que el amor ha encontrado una manera más serena de permanecer.

Porque quizás sanar no sea aprender a vivir sin ellos.

Quizás sanar sea aprender a vivir con todo el amor que nos dejaron.

A quienes amamos y ya no están: Gracias por haber sido parte de nuestra historia.

Que Dios los abrace en su infinita luz y que nosotros, aquí en la Tierra, aprendamos a honrar su memoria viviendo con el corazón abierto, porque hay amores que la muerte no se lleva.

Amores que permanecen y encuentran para siempre un lugar donde vivir: Nuestro corazón.

Que Dios abrace con su infinito amor a todas las almas que han partido y dé consuelo, fortaleza y paz a quienes hoy sienten su ausencia.

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

viernes, 2 de octubre de 2026

El Ángel de la Guarda: el compañero que Dios puso a nuestro lado

 El Ángel de la Guarda:

el compañero que Dios puso a nuestro lado



por Helen Goldberg

Hay presencias que no siempre podemos ver, pero que podemos sentir.

Presencias que nos acompañan silenciosamente, que parecen llegar justo cuando más las necesitamos, que nos susurran una advertencia al corazón, que nos invitan a detenernos cuando estamos a punto de tomar un camino que no nos hace bien y que, muchas veces, nos llenan de una paz inexplicable.

Para mí, una de esas presencias tiene un nombre muy especial:

mi Ángel de la Guarda

Desde el día en que llegamos a este mundo, existe un ser de luz que, por voluntad de Dios, camina junto a nosotros.

No para vivir nuestra vida por nosotros, ni para evitar cada dificultad, no para impedir que aprendamos nuestras propias lecciones, sino para acompañarnos. Para protegernos, para orientarnos, para ayudarnos a discernir, para recordarnos, en los momentos de oscuridad, que nunca estamos completamente solos.

Un compañero para toda la vida

Me conmueve profundamente pensar que nuestro Ángel de la Guarda está presente desde nuestros primeros momentos de vida.

Nos acompaña cuando somos pequeños y todavía no comprendemos tantas cosas. Nos acompaña mientras crecemos, cuando comenzamos a descubrir quiénes somos.

Está presente en nuestras alegrías, en nuestros sueños, en nuestras pérdidas, en nuestras decisiones, en nuestros cambios y también en esos momentos en los que sentimos que no sabemos hacia dónde caminar y aunque no podamos verlo con nuestros ojos, podemos aprender a reconocer su presencia de otras maneras.

Quizás sea esa intuición que nos dice: “No vayas por ahí ”,ese pensamiento que aparece inesperadamente: “Detente ”, esa sensación profunda que nos invita a llamar a alguien, a esperar un poco más, a cambiar de camino o simplemente a confiar; esa paz que llega después de una oración o esa certeza inexplicable de que debemos seguir adelante.

No siempre sabemos distinguir su voz entre todas las voces que habitan nuestra mente y nuestro corazón. Por eso también necesitamos discernimiento, oración y silencio interior.

Porque aprender a escuchar a nuestro Ángel de la Guarda también significa aprender a escuchar a Dios.

Una voz que no obliga

Creo que los seres de luz no necesitan imponerse. No gritan, no obligan y no nos arrebatan nuestro libre albedrío.

Acompañan, sugieren, advierten, iluminan y esperan.

Esperan pacientemente a que abramos nuestro corazón y seamos capaces de escuchar. Por eso, tantas veces, cuando miro hacia atrás y recuerdo determinadas situaciones de mi vida, pienso: ¿Cuántas veces mi Ángel intentó protegerme y yo no escuché?, ¿en cuántas ocasiones aquella puerta que no se abrió fue una forma de protección?, ¿cuántas veces una demora, una despedida, una intuición o un cambio inesperado terminaron llevándome hacia un lugar que necesitaba conocer?

Tal vez nunca podamos comprender completamente los caminos de Dios, pero podemos aprender a confiar.

Gracias por caminar conmigo

Hoy quiero detenerme para decir: Gracias.

Gracias, Ángel de la Guarda, por estar conmigo incluso cuando yo no fui consciente de tu presencia, por las veces que me has advertido, porque me has ayudado a discernir, por acompañarme cuando he tenido miedo, por sostener mi corazón en los momentos difíciles, por alegrarte conmigo en los momentos de felicidad, por protegerme de aquello que no podía ver, por las señales que llegaron en el momento preciso, por esas pequeñas coincidencias que parecían casualidad y que, desde mi fe, aprendí a contemplar de otra manera, por tu paciencia, por tu lealtad y por permanecer.

Porque mientras muchas cosas en nuestra vida cambian —las personas, los lugares, los sueños, las circunstancias— existe algo profundamente hermoso en la idea de un compañero espiritual que permanece a nuestro lado durante todo nuestro camino.

Hasta el último instante

Y hay algo que encuentro especialmente conmovedor en la tradición cristiana:

pensar que nuestro Ángel de la Guarda no solamente nos acompaña durante nuestra vida terrenal, sino que permanece junto a nosotros hasta el último momento, acompañando nuestra alma en su regreso a la presencia de Dios.

Qué hermoso pensar que no caminamos solos hacia nuestra última morada, que aquel ser que nos acompañó desde el comienzo también estará allí para entregarnos nuevamente al Amor del Padre, como si toda nuestra existencia fuera un viaje acompañado.

De Dios venimos. Con Dios caminamos y hacia Dios regresamos. Y en ese camino, nuestro Ángel de la Guarda permanece a nuestro lado como un humilde servidor de la Luz.

Una relación de amor y confianza

Por eso hoy no quiero hablar del Ángel de la Guarda solamente como una figura espiritual.

Quiero reconocerlo como compañero de camino. Como ese amigo invisible al que podemos hablarle, al que podemos agradecer, pedirle que nos ayude a discernir, al que podemos confiar nuestros temores y al que podemos decir simplemente:

“Quédate conmigo. Ayúdame a permanecer cerca de Dios.”

Porque cuanto más profunda se vuelve mi relación con los Ángeles, más profundamente comprendo que ellos no son el destino de nuestra fe.

Ellos nos recuerdan el camino hacia Dios y eso es lo que más amo de ellos, me han enseñado que la verdadera luz no busca protagonismo; la verdadera luz conduce hacia Dios.

Por eso mi amor por ellos está profundamente unido a mi amor y a mi fe en Dios Padre, en Jesús y en la presencia amorosa de María.

Hoy quiero decirte: gracias

Gracias, querido Ángel de la Guarda.

Gracias por haber estado desde el principio, por permanecer, por cuidar, por advertir, por iluminar, por acompañar, por respetar mis decisiones incluso cuando me equivoqué, por ayudarme a regresar al camino cuando me alejé y  gracias por recordarme, una y otra vez, que detrás de cada camino recorrido existe un Amor mucho más grande que nosotros.

Hoy te entrego mi gratitud, te entrego mi confianza y te entrego también mi promesa de intentar caminar cada día con más fe, más amor, más conciencia y más cerca de Dios.

Qué privilegio saber que no camino sola y qué regalo tan hermoso recordar que, desde el primer instante de nuestra existencia hasta el último suspiro, hay un Ángel que permanece cerca… acompañando nuestra historia de regreso a la Luz. 


A mi Ángel de la Guarda:

Gracias por caminar conmigo cuando no sabía hacia dónde ir.
Gracias por hablarle a mi corazón cuando no sabía escuchar.
Gracias por protegerme sin quitarme la libertad de elegir.
Gracias por permanecer cuando yo dudé.
Y gracias por recordarme que, mientras camine de la mano de Dios, nunca estaré verdaderamente sola.

Con amor, gratitud y profundo abrazo de Luz.

Helen Goldberg
Ilka Terapias

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

martes, 29 de septiembre de 2026

Mi amor por los Arcángeles

 Mi amor por los Arcángeles:

una historia de Fe, Amor y Luz



por Helen Goldberg

Hay amores que no necesitan explicaciones.

Se sienten en el alma, se reconocen en el corazón; se convierten, con el tiempo, en una certeza profunda.

Así es mi amor por los Arcángeles.

No siempre encuentro las palabras suficientes para explicar lo que significan para mí. Hay vínculos que no necesitan ser explicados porque pertenecen a un lugar mucho más profundo que las palabras: ese lugar íntimo del alma donde simplemente se sabe, se siente y se reconoce.

Los Arcángeles han sido para mí guías, maestros, compañeros y amigos.

Han caminado conmigo en momentos de luz y también en aquellos en los que necesitaba recordar que nunca estaba sola.

Los siento como mensajeros del Amor de Dios, como esa presencia que muchas veces llega de maneras sutiles para recordarme el camino, darme fortaleza, traer claridad y devolverme la paz.

A lo largo de mi vida he aprendido a confiar en ellos.

He aprendido también que no siempre las respuestas llegan como esperamos. Algunas veces llegan en una palabra, en una persona, en una coincidencia, en una sensación de paz, en una puerta que se abre o en otra que se cierra.

Y otras veces, simplemente, llegan en el silencio.

Porque también he aprendido que Dios habla en el silencio del corazón.

Y quizás una de las enseñanzas más hermosas que he recibido es comprender que no necesitamos tener todas las respuestas para continuar caminando.

A veces basta con tener Fe.

Fe para dar el siguiente paso.

Fe para confiar cuando todavía no podemos ver el camino completo.

Fe para creer que, aun en medio de las circunstancias que no comprendemos, existe un propósito mayor.

Y puedo decir que los amo profundamente.

Pero hay algo todavía más grande que ellos me han enseñado:

EL AMOR, LA FE Y LA HUMILDAD.

Me enseñaron a amar y confiar cada día más en Dios Padre, porque mi fe en Dios es inquebrantable.

Y cuanto más conozco el amor de los Arcángeles, más comprendo que su luz no busca ocupar el lugar de Dios, sino conducirnos hacia Él.

Para mí, esa es una diferencia fundamental.

Los Arcángeles no son el destino de mi Fe. Son, en mi experiencia espiritual, compañeros en el camino hacia Dios.

Y cuanto más camino junto a ellos, más profundamente comprendo que toda verdadera luz conduce al Amor. Al Amor de Dios.

A ese Amor que no juzga, que no abandona, que espera pacientemente, que perdona, que transforma y que siempre nos invita a volver al corazón.

También me han enseñado algo que considero esencial: la humildad.

Porque cuando recibimos una bendición, una respuesta, una señal o una ayuda espiritual, no debemos olvidar de dónde viene la fuente de todo Amor.

La humildad nos recuerda que no somos dueños de la Luz.

Somos instrumentos de ella. Y ser instrumento significa servir; significa aprender, significa reconocer que siempre tenemos algo que mejorar, algo que sanar, algo que comprender y mucho que agradecer.

Me han enseñado que la verdadera espiritualidad no debería estar basada en el miedo, sino en el Amor, la Fe, la confianza, el servicio, la esperanza y la humildad.

Por eso deseo compartir esta enseñanza.

No desde la necesidad de convencer a nadie.

Sino desde el profundo deseo de compartir aquello que para mí ha sido fuente de amor, consuelo y transformación.

Porque creo que cada persona tiene su propio camino espiritual y su propia manera de acercarse a Dios.

Pero también creo que hay algo que puede unirnos a todos: el Amor.

Que podamos volver nuestro corazón hacia Dios, que aprendamos a amar más, que aprendamos a perdonar, que aprendamos a agradecer incluso aquello que todavía no comprendemos, que tengamos fe incluso cuando no entendamos el camino, que sepamos pedir ayuda con humildad, pero también abrir las manos para recibirla, que podamos aprender a escuchar aquello que sucede dentro de nuestro corazón y que recordemos que siempre podemos elegir ser instrumentos de amor, luz y paz.

Porque quizás la espiritualidad no consiste únicamente en recibir señales.

Quizás también consiste en convertirnos nosotros mismos en una señal de Amor para alguien más.

Una palabra amable. Un abrazo. Una oración. Un acto de servicio. Una mano extendida. Un perdón. Una mirada compasiva.

A veces podemos ser la respuesta a la oración silenciosa de alguien sin siquiera saberlo.

Y quizás ahí también están los Arcángeles.

No solamente en aquello extraordinario que esperamos ver, sino en esas pequeñas manifestaciones de Amor que aparecen en nuestra vida y nos recuerdan que Dios sigue caminando con nosotros.

Hoy, en el Día de los Arcángeles, elevo mi corazón en gratitud por cada enseñanza, cada señal, cada abrazo invisible y cada momento en el que sentí que una luz mayor me acompañaba.

Gracias, Arcángeles, por caminar conmigo.

Gracias por enseñarme, protegerme, recordarme el camino hacia el Amor.

Gracias por enseñarme que puedo ser fuerte sin dejar de ser sensible, que puedo avanzar sin tener todas las respuestas, que puedo pedir ayuda sin sentirme débil, que puedo servir sin esperar reconocimiento y que puedo confiar aun cuando mis ojos todavía no pueden ver aquello que mi corazón ya siente.

Y sobre todo:

¡Gracias, Dios Padre, por permitirme conocer Tu Amor a través de tantos caminos de Luz!

Gracias por cada día, por cada aprendizaje, por cada persona que ha cruzado mi camino.

Gracias incluso por las dificultades que me han enseñado a crecer, por las veces que tuve que comenzar nuevamente.

Gracias por recordarme que la Fe no significa que nunca tendremos miedo; significa que podemos seguir caminando aun cuando lo sentimos.

Hoy quiero pedir algo muy sencillo:

Que nunca perdamos nuestra capacidad de amar, que nunca dejemos de creer, que nunca olvidemos ser humildes., que cuando la vida nos lleve por caminos que no comprendemos, podamos elevar nuestros ojos hacia el Padre y decir:

“Dios, no entiendo este camino, pero confío en Ti.”

Y que cuando llegue la oscuridad, recordemos que una pequeña luz puede ser suficiente para comenzar a caminar nuevamente.

Que nuestra Fe sea más grande que nuestros miedos.

Que nuestro Amor sea más grande que nuestras dudas.

Que nuestra humildad nos haga siempre voltear los ojos hacia el Padre y que nuestra vida sea un reflejo de la Luz que recibimos.

Porque al final, quizás esa sea una de las enseñanzas más hermosas que los Arcángeles han dejado en mi corazón:

recibir Luz es un regalo; pero convertirnos en Luz para los demás es una responsabilidad de Amor.

Hoy abrazo esta Fe que vive en mi corazón, abrazo a mis maestros, mis guías, mis compañeros y mis amigos de Luz y abrazo, por encima de todo, al Dios Padre en quien confío, a quien amo y a quien entrego cada paso de mi camino.

Con amor, gratitud, Fe y humildad,
Helen Goldberg
Ilka Terapias 

“Que la Luz de los Arcángeles guíe, proteja, inspire y acompañe nuestro camino, y que nuestro corazón permanezca siempre vuelto hacia Dios.”©


Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

KALPAVRIKSHA: EL ÁRBOL DE LOS DESEOS QUE HABITA EN NUESTRO CORAZÓN

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