sábado, 21 de septiembre de 2013

El Yo-Yo Humano


El Yo-Yo Humano

Por Helen Goldberg 

¿Cuántos de ustedes —especialmente los de mi generación— recuerdan cuando en el colegio llegaban los “famosos” expertos de Coca-Cola a hacer demostraciones, concursos y exhibiciones con los populares yo-yos?

Yo, con mi poca destreza, nunca logré hacer girar uno correctamente ni una sola vez. Pero más allá de eso, siempre me llamó la atención que era un juego profundamente individual. Un objeto que gira sobre sí mismo, atado a un hilo, que siempre vuelve al mismo punto: a quien lo maneja. Y cuando por accidente rozaba a alguien más, casi siempre era para golpearlo.

Hoy, ya como adulta, veo muchos yo-yos a mi alrededor. Personas que han perfeccionado esa técnica individualista y la han convertido en su forma de vivir.

Yo-yos humanos

Hablo de personas incapaces de mirar más allá de su propio ombligo. Seres humanos cuya vida gira exclusivamente en torno a su eje, que avanzan por el mundo convencidos de que su forma de actuar —egoísta, cerrada, autorreferencial— es normal, aceptable y hasta razonable.

Hablo de quienes no logran cultivar sentimientos básicos como la solidaridad, el aprecio, la gratitud o el amor hacia quienes tienen cerca. Personas que mantienen a los demás “disponibles”, siempre listos para cuando ellos los necesiten, pero ausentes cuando toca dar.

Hablo también de aquellos a quienes uno les entrega amor del bueno: desinteresado, constante, solidario, presente sin condiciones ni expectativas. Amor que acompaña, que sostiene, que está.

Y aun así, no hay respuesta.

No hablo de pagar con la misma moneda ni de devolver favores. Hablo de reciprocidad: de gestos simples, de un “gracias”, de estar presentes en la vida del otro con la misma disposición con la que se recibe.

El egoísmo disfrazado

Dentro de cualquier familia es fácil identificar a los yo-yos. Cada quien sabrá a quién se le viene a la mente. Son personas que creen que su universo personal debe ser respetado, protegido y hasta respirado por los demás, sin importar la situación del otro.

Este comportamiento no es otra cosa que egoísmo, muchas veces disfrazado de cariño. Son quienes dicen: “contá conmigo para lo que sea”, pero en los momentos difíciles nunca están. O si están, es para recordarte una y otra vez todo lo que han hecho por vos.

Son quienes se vanaglorian de sus actos, quienes repiten constantemente que “gracias a ellos” lograste algo, quienes anuncian a los cuatro vientos su supuesto compromiso para que todos lo vean.

La definición de egoísmo es clara: un aprecio excesivo por uno mismo que lleva a atender solo el propio interés, sin considerar el de los demás.
No hay mucho más que explicar: los yo-yos son egoístas.

De nosotros depende

En toda relación humana, lo esencial es sentirse querido.

Cuando convivimos con personas yo-yo, tenemos una tarea difícil pero necesaria: comunicar cómo nos hacen sentir. Si amamos a quienes nos rodean, también debemos tener el valor de decir quiénes somos y cuáles son nuestros valores.

La comunicación es básica. Nadie puede adivinar lo que sentimos si no lo expresamos.

Si después de hablar, esas personas no cambian ni aprenden, entonces la decisión es personal: quedarse o tomar distancia. Porque también es cierto que, muchas veces, crecer implica crecer separados.

Hay vínculos que duelen, y no todo dolor se sana con un “lo siento”.
Los deseos de quienes amamos no siempre coinciden con los nuestros; a veces ni siquiera son compatibles. Y sí… muchas veces nos toca perder.

Estas personas están tan centradas en sí mismas que no alcanzan a comprender —como bien dice Jorge Bucay— que:

“El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar a otro para que sea quien es”.

Y eso, precisamente, es lo que muchos intentamos hacer cada día en la vida de los demás.


Derechos Reservados - Helen Goldberg©

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