No es lo mismo no saber que no querer saber
Sobre ignorancia, ingenuidad y esa necedad que a veces nos habita
Por Helen Goldberg
Hay palabras que usamos como armas cuando podrían ser espejos.
Ignorante.
Inculto.
Ingenuo.
Necio.
Hay quien descubre que no sabe y escucha.
Y hay quien descubre que no sabe… pero finge que sí.
Pero sobre todo, se resuelve con humildad.
El problema es no tolerar la sensación de no saber.
Es, en gran medida, sinónimo de acceso.
Pero, a veces, también es aprender a desconfiar.
Es el que no quiere saber.
Pero el necio lo vive como derrota.
Es la simplificación.
La incultura es social.
La ingenuidad es emocional.
La necedad es, en gran medida, una elección.
Todos podemos confiar de más.
Todos podemos no haber tenido acceso.
La incomodidad, a veces, es la antesala del crecimiento.
A pensar mejor.
A nombrar mejor.
Las pronunciamos con facilidad. Las escribimos en comentarios. Las pensamos en silencio sobre otros. A veces, incluso, las sentimos caer sobre nosotros como una sentencia.
Pero no significan lo mismo.
Y cuando las confundimos, no solo empobrecemos el lenguaje: empobrecemos nuestra capacidad de comprender la complejidad humana. Porque detrás de cada una hay una historia distinta, una raíz distinta, una responsabilidad distinta.
Nombrar con precisión es un acto de justicia.
Ignorante: quien no sabe (todavía)
Ser ignorante es no saber algo. Nada más. Nada menos.
No es una falla moral. No es un defecto de carácter. Es una condición inevitable.
Todos somos ignorantes en muchos temas. Lo hemos sido. Lo somos ahora.
Lo seremos mañana. La ignorancia es parte del proceso de aprender.
Lo que verdaderamente importa no es la ignorancia, sino la actitud frente a ella.
Hay quien descubre que no sabe y pregunta.
La ignorancia se resuelve con información.
El problema no es no saber.
Inculto: cuando el acceso no fue el mismo
La incultura rara vez es una decisión individual aislada. Muchas veces es una consecuencia estructural.
Hablar de alguien como “inculto” implica hablar de trayectorias educativas, contextos sociales, acceso a libros, a conversaciones, a espacios de formación.
No todos crecimos con las mismas oportunidades. No todos tuvimos estímulos culturales similares. No todos fuimos expuestos a las mismas herramientas.
Por eso, usar “inculto” como insulto suele revelar más del que lo dice que del que lo recibe.
La cultura no es sinónimo de inteligencia.
Y juzgar el punto de llegada sin considerar el punto de partida es, como mínimo, incompleto.
Ingenuo: la valentía de confiar
El ingenuo no necesariamente desconoce. El ingenuo confía.
Cree en la palabra del otro. Supone coherencia. Interpreta desde la buena fe.
La ingenuidad nace de la inexperiencia, sí. Pero también nace del deseo profundo de que el mundo funcione con cierta lógica moral.
Perder la ingenuidad suele llamarse “madurar”.
Y eso tiene un costo.
En una sociedad donde el cinismo parece inteligencia y la sospecha parece astucia, la ingenuidad puede verse como debilidad. Sin embargo, confiar —aun sabiendo que podemos equivocarnos— es una forma de apertura emocional.
No es falta de capacidad. Es una disposición del corazón.
Necio: cuando el ego se vuelve muralla
Aquí la diferencia se vuelve más clara.
El necio no es el que no sabe.
Puede tener datos frente a sí. Puede escuchar argumentos sólidos. Puede enfrentarse a evidencia clara. Y aun así, se aferra.
La necedad no nace de la ignorancia. Nace de la soberbia.
Es la incapacidad de aceptar que podemos estar equivocados. Es la resistencia a revisar nuestras ideas porque hacerlo implicaría revisar nuestra identidad.
Cambiar de opinión no es perder.
Y por eso la necedad es la más difícil de transformar: porque no se soluciona con más información, sino con más humildad.
El daño de no distinguir
Cuando llamamos ignorante a alguien que simplemente no tuvo acceso, somos injustos.
Cuando llamamos ingenuo a alguien que confía, somos cínicos.
Cuando llamamos ignorante al necio, somos imprecisos.
Pero lo más grave no es el error semántico.
Cuando dejamos de distinguir, dejamos de comprender. Y cuando dejamos de comprender, empezamos a reducir personas a etiquetas.
Y ninguna persona cabe en una sola palabra.
Una pregunta que incomoda
La ignorancia es humana.
Tal vez el verdadero peligro no sea ser ignorante, inculto o ingenuo en algún momento de la vida. Ni haber carecido de ciertas oportunidades. Ni haber confiado demasiado.
Tal vez el verdadero riesgo sea no preguntarnos nunca cuál de estas actitudes estamos adoptando hoy.
Porque todos podemos no saber.
Pero cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de cuestionarnos, cuando dejamos de aprender… empezamos a convertirnos en aquello que más criticamos.
Y nada endurece tanto como creer que ya no tenemos nada que aprender.
Si este texto te incomodó un poco, quizá no fue casualidad.
Y, sobre todo, a mirar con más honestidad hacia dentro.
Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

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