lunes, 18 de febrero de 2013

El que ama es el cerebro y no el corazón.

26 de enero de 2011

El que ama es el cerebro y no el corazón

¿Qué es lo que nos pasa a veces, que terminamos conformándonos con migajas?
¿Eso es lo que creemos merecer?
¿Es realmente lo que queremos para nuestras vidas?
¿Es esa nuestra manera de elegir la felicidad?

¡NOOOOOOOOO!
La vida no tiene por qué vivirse a medias ni ser “medio” completa.
En el amor no existen los porcentajes incompletos: si amas, das tu 100% y el otro da su 100%.
El amor en mitades no sirve.

Muy acertado Jorge Bucay cuando nos dice:

“El amor se construye entre seres enteros que se encuentran, NO entre dos mitades que se necesitan para sentirse completas.
La construcción del amor empieza cuando puedo ver al que tengo delante, cuando descubro al otro.
Es allí cuando el amor reemplaza al enamoramiento.
Sufrir porque las cosas no son como yo me las había imaginado no solo es inútil, sino que además es infantil.
La magia existe cada vez que una ilusión se transforma tangiblemente en realidad.”

Tal vez el primer paso sea empezar a pensar y a amarnos más a nosotros mismos.
Porque si yo no me amo, ¿cómo voy a dar amor a los demás?

No tenemos por qué permitir que nos pisoteen los sueños, las ilusiones y, sobre todo, la dignidad.
Cuando alguien ama de verdad, comparte, construye, piensa y actúa teniendo en cuenta la felicidad del vínculo que está creando en pareja.

No es amor que te digan “dejá todo por mí”.
Eso no es amor: es egoísmo disfrazado de romanticismo.

Quien ama comparte, se interesa por tu vida, por tu entorno, por tus proyectos y por lo que sos.
Y si no se siente cómodo en ese entorno, al menos respeta, apoya y orienta.
El amor no aísla, no amenaza, no condiciona y no es egoísta.

El amor no es solo corazón: también es cerebro.
Hay que reubicarlo un poco más arriba, más cerca de la razón y más lejos de esa pretensión omnipotente y sentimentalista que tantas veces lo ha distorsionado.

Amar no es perderse, es encontrarse.
No es necesitar, es elegir.
No es resignarse a migajas, es saber que merecemos una mesa completa.

Cuando nos elegimos con amor propio, aprendemos también a elegir mejor a quién dejamos entrar en nuestra vida.
Porque el amor sano no duele, no resta, no encierra: acompaña, suma y libera.

Y tal vez ahí esté la verdadera magia: en animarnos a amar desde la conciencia, la dignidad y la plenitud… sin miedo, pero también sin renunciarnos.

Todos los Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

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