8 de abril de 2011
La Montaña y el Viento
Por Helen Goldberg
Muchas personas creen que hay que ser como una montaña: firme, anclada a la tierra, fuerte; capaz de soportar el viento, la lluvia, el sol y el paso del tiempo sin moverse, sin quebrarse, sin cambiar.
Yo pienso distinto.
Creo que hay que ser como la hoja.
Una hoja ligera, que se deja llevar por el viento sin hacer ruido, que siempre cae suavemente, aun cuando el vendaval sea fuerte. Cuando una montaña se derrumba, el estruendo se escucha a kilómetros; cuando una hoja cae, el sonido es tan sutil que casi nadie lo nota.
Así creo que deberíamos ser en la vida.
No rígidos, sino flexibles.
No duros, sino amorosos.
No inmóviles, sino capaces de adaptarnos.
Porque la vida no es eterna, y cuando somos demasiado rígidos, el dolor pesa más. En cambio, cuando aprendemos a ser suaves, el dolor duele menos y no nos rompe.
Ser hoja es permitirnos soltar, levantar vuelo otra vez con el viento y dejar atrás aquello que nos hizo daño. Es confiar en que, aun después de caer, siempre habrá una corriente nueva que nos invite a seguir.

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