miércoles, 28 de noviembre de 2018

ACABANDO CON EL KARMA

ACABANDO CON EL KARMA

Cuando la consciencia transforma la repetición en aprendizaje



Por Helen Goldberg 

Hay momentos en la vida en los que sentimos que todo se desordena.
Una relación termina.
Una puerta se cierra.
Una pérdida nos obliga a comenzar de nuevo.
Una situación se repite hasta el cansancio.
Nos encontramos, una y otra vez, frente al mismo tipo de personas, los mismos conflictos, los mismos miedos, las mismas heridas.
Y entonces preguntamos:
¿Por qué me sucede esto a mí?
Tal vez una pregunta más profunda sería:
¿Qué está intentando mostrarme la vida a través de esto?
Desde muchas tradiciones espirituales, el karma se comprende como una dinámica de causa y consecuencia: nuestras acciones, pensamientos, palabras e intenciones generan efectos que, tarde o temprano, nos invitan a mirar aquello que todavía no hemos comprendido.
Pero quiero proponerte una mirada diferente.
El karma no debería ser entendido como una sentencia.
Puede ser comprendido como una oportunidad de consciencia.
No estamos aquí para vivir eternamente pagando culpas.
Estamos aquí para aprender.

CUANDO LA VIDA NOS PONE FRENTE A NOSOTROS MISMOS

A veces creemos que el karma consiste en que alguien nos haga aquello que nosotros hicimos.
"Me traicionaron porque alguna vez traicioné."
"Me abandonaron porque abandoné."
"Me hicieron daño porque yo hice daño."
Puede existir una lectura simbólica de causa y efecto, pero reducir el karma únicamente a una especie de sistema de castigo sería demasiado simple.
Porque la verdadera pregunta no es:
¿Quién me hizo lo mismo que yo hice?
La pregunta es:
¿Qué puedo aprender de aquello que estoy viviendo?
La vida puede convertirse en un espejo.
No necesariamente porque todo lo que nos sucede sea algo que "merecemos", sino porque cada experiencia puede mostrarnos algo acerca de nosotros mismos: nuestros límites, nuestras heridas, nuestras elecciones, nuestros apegos, nuestros miedos, nuestra manera de amar, nuestra manera de reaccionar y también nuestra capacidad de perdonar.
Y cuando podemos mirar sin huir, comienza la transformación.

EL KARMA QUE MÁS NECESITAMOS TRANSFORMAR

Existe un karma del que pocas veces hablamos:
el karma que seguimos creando mientras culpamos al karma de los demás.
Nos preocupamos por descubrir quién será castigado.
Esperamos que aquella persona reciba "lo que se merece".
Nos alegramos cuando alguien que nos hizo daño atraviesa dificultades.
Observamos su caída y pensamos:
"Es su karma."
Pero quizá en ese instante estamos creando algo nuevo dentro de nosotros.
Porque el problema no siempre está en lo que alguien hizo.
A veces está en lo que nosotros decidimos hacer con aquello que nos hicieron.
Puedes haber sido herido y aun así elegir no herir.
Puedes haber sido traicionado y aun así elegir no traicionar.
Puedes haber recibido odio y aun así elegir no convertirte en aquello que te lastimó.
Ahí comienza una verdadera ruptura del ciclo.
El karma no se transforma devolviendo el golpe.
Se transforma cuando dejamos de reproducir aquello que nos hirió.

NO TE METAS EN EL CAMINO DEL OTRO

Una de las formas más profundas de sabiduría espiritual consiste en comprender que no somos responsables de vivir la vida de los demás.
Cada persona tiene su propio camino.
Sus decisiones.
Sus aprendizajes.
Sus consecuencias.
Sus tiempos.
Sus procesos.
No podemos sanar por otra persona aquello que esa persona todavía necesita comprender.
Podemos acompañar.
Podemos amar.
Podemos aconsejar.
Podemos tender una mano.
Pero no podemos caminar por alguien que ha decidido permanecer inmóvil.
Y tampoco debemos convertirnos en jueces del proceso ajeno.
Porque cuando observamos obsesivamente el error del otro, dejamos de mirar el nuestro.
Ocúpate de tu camino.
Si alguien miente, procura tú no mentir.
Si alguien traiciona, procura tú no traicionar.
Si alguien habla mal de ti, no permitas que sus palabras te conviertan en aquello que estás rechazando.
Si alguien actúa desde el odio, no respondas desde el odio.
No porque la otra persona "merezca" tu bondad.
Sino porque tu alma merece permanecer en paz.

EL KARMA DEL OTRO NO ES TU MISIÓN

Hay una tentación espiritual muy peligrosa: querer salvar a todo el mundo.
Intervenir.
Corregir.
Rescatar.
Explicar.
Convencer.
Resolver.
Y muchas veces lo hacemos creyendo que estamos ayudando.
Pero ayudar no significa vivir la vida de otro.
Hay procesos que solamente pueden ser atravesados por quien los está viviendo.
Podemos iluminar el camino de alguien, pero no podemos caminarlo por esa persona.
Podemos ofrecer una oración, pero no podemos tomar sus decisiones.
Podemos enviar amor, pero no podemos obligar a alguien a despertar.
Incluso Jesús, desde una perspectiva cristiana, enseñó el camino del amor, pero nunca convirtió la consciencia en una imposición.
El amor verdadero acompaña sin invadir.

EL KARMA NO ES UNA EXCUSA PARA JUZGAR

Hay algo que necesitamos aprender a decir con mucha más humildad:
"No sé por qué esa persona está viviendo esto."
No sabemos qué batalla está librando.
No conocemos toda su historia.
No conocemos sus heridas.
No conocemos las decisiones que tomó antes de llegar hasta aquí.
Y, sobre todo, no conocemos los misterios de Dios.
Por eso debemos tener mucho cuidado cuando observamos el sufrimiento ajeno y lo etiquetamos rápidamente como "karma".
Una enfermedad no convierte a una persona en culpable.
Una pérdida no demuestra que alguien haya sido castigado.
Una tragedia no es una prueba de que una persona "se lo buscó".
El sufrimiento humano merece compasión, no juicio.
Quizá nuestra tarea espiritual no sea descubrir por qué alguien está sufriendo.
Quizá sea preguntarnos:
¿Cómo puedo acompañar ese sufrimiento con más amor?

KARMA Y DHARMA: DOS CAMINOS DE CONSCIENCIA

Podemos comprender el karma como aquello que nos muestra las consecuencias de nuestras elecciones.
Y podemos acercarnos al dharma como el camino que nos invita a vivir de acuerdo con nuestra verdad, nuestros valores, nuestra consciencia y nuestro propósito.
Cuando actuamos desde el miedo, el ego, la venganza, la soberbia, la manipulación o el resentimiento, alimentamos determinados ciclos.
Cuando actuamos desde el amor, la responsabilidad, la compasión, la verdad, la humildad y el servicio, comenzamos a construir una realidad diferente.
Es como si la vida nos ofreciera continuamente dos caminos:
repetición o transformación.
Podemos repetir la historia.
O podemos aprender de ella.

¿CÓMO SE DEJA DE GENERAR KARMA?

No creo que podamos vivir una existencia humana sin equivocarnos.
Somos seres en aprendizaje.
Vamos a fallar.
Vamos a reaccionar impulsivamente.
Vamos a decir cosas que después lamentaremos.
Vamos a tomar decisiones equivocadas.
Vamos a herir y también seremos heridos.
La verdadera evolución espiritual no consiste en alcanzar una perfección imposible.
Consiste en hacernos conscientes cada vez más rápido.
Cuando descubres que actuaste desde el ego, observa.
Cuando reconoces que heriste, repara.
Cuando descubres que mentiste, aprende a decir la verdad.
Cuando comprendes que manipulaste, responsabilízate.
Cuando reconoces que juzgaste, vuelve a la compasión.
Cuando descubres que actuaste desde el miedo, pregúntate qué había debajo de ese miedo.
Cuando hayas cometido un error, no conviertas la culpa en una prisión.
Convierte el error en consciencia.
Porque arrepentirse no significa castigarse eternamente.
Significa comprender.
Y comprender verdaderamente debería transformar nuestra manera de actuar.

LA LEY DEL "TE"

Hay una enseñanza sencilla que puede convertirse en una práctica espiritual profunda:
Antes de exigirle algo al otro, aprende a ofrecértelo a ti.
Antes de decir:

"Ámame", aprende a amarte.
Respétame → respétate.
Valórame → valórare.
Cuídame → cuídate.
Escúchame → escúchate.
Compréndeme → compréndete.
Porque muchas veces buscamos afuera aquello que todavía no hemos aprendido a construir dentro.
Y cuando comenzamos a darnos aquello que necesitábamos desesperadamente recibir de los demás, dejamos de relacionarnos desde la carencia.
Comenzamos a relacionarnos desde la plenitud.


ROMPER EL CICLO

Quizá acabar con el karma no significa eliminar mágicamente todas las dificultades de nuestra vida.
Quizá significa algo mucho más profundo:
dejar de repetir inconscientemente aquello que nos hace daño.
La misma discusión.
La misma elección.
El mismo tipo de relación.
La misma reacción.
La misma herida.
La misma necesidad de tener razón.
La misma necesidad de controlar.
La misma venganza.
La misma historia con diferentes personajes.
Hasta que un día comprendemos:
"Esto ya lo conozco."
Y decidimos responder de una manera diferente.
Ahí ocurre algo extraordinario.
La historia puede ser la misma.
La circunstancia puede ser parecida.
Pero nosotros ya no somos los mismos.
Y cuando cambia nuestra consciencia, cambia nuestra respuesta.
Cuando cambia nuestra respuesta, cambia nuestra experiencia.
Y cuando cambia nuestra experiencia, dejamos de alimentar el mismo ciclo.

TODAS LAS COSAS HECHAS CON AMOR

Tal vez la verdadera alquimia espiritual no consiste en escapar de las consecuencias de nuestras acciones.
Consiste en convertirnos en personas conscientes de ellas.
Pensar antes de hablar.
Hablar desde la verdad.
Actuar desde el amor.
Pedir perdón cuando sea necesario.
Reparar cuando hayamos causado daño.
Poner límites sin odio.
Alejarnos sin venganza.
Perdonar sin permitir nuevamente el abuso.
Ayudar sin invadir.
Amar sin poseer.
Servir sin esperar reconocimiento.
Y aprender a dejar en manos de Dios aquello que no nos corresponde resolver.
Porque hay una diferencia enorme entre hacer justicia y buscar venganza.
La justicia puede necesitar límites.
La venganza necesita que el otro sufra.
Y cuando dejamos de necesitar que alguien sufra para sentirnos en paz, algo dentro de nosotros comienza a liberarse.

LA VERDADERA LIBERTAD

La verdadera libertad no consiste en conseguir que nadie vuelva a hacernos daño.
Consiste en que aquello que otro haga ya no tenga el poder de decidir quién vamos a ser nosotros.
Que alguien sea cruel no obliga a que tú seas cruel.
Que alguien sea deshonesto no obliga a que tú pierdas tu integridad.
Que alguien no sepa amar no significa que tú tengas que cerrar tu corazón.
Que alguien te haya herido no significa que debas convertirte en una persona herida para siempre.
Y quizá ahí esté una de las formas más elevadas de romper un ciclo:
no devolverle al mundo el mismo dolor que recibiste.

Y ENTONCES COMIENZA EL DESPERTAR

Tal vez el propósito de la vida no sea llegar a un lugar donde nunca tengamos problemas.
Tal vez sea llegar a un lugar interior donde los problemas ya no nos encuentren siendo la misma persona.
Que cada dificultad nos vuelva más conscientes.
Que cada pérdida nos enseñe a agradecer sin romantizar el dolor.
Que cada decepción nos enseñe discernimiento.
Que cada herida nos enseñe límites.
Que cada error nos enseñe humildad.
Que cada encuentro nos enseñe algo.
Que cada despedida nos enseñe a soltar.
Y que cada experiencia nos acerque un poco más a Dios.
Porque cuando dejamos de preguntarnos:
"¿Por qué me está pasando esto?"
y comenzamos a preguntar:
"¿Qué puedo aprender, transformar y entregar a Dios a través de esto?"
La experiencia cambia.
Ya no vivimos únicamente reaccionando a la vida.
Comenzamos a participar conscientemente en nuestra propia transformación.

ACABAR CON EL KARMA ES DEJAR DE REPETIR

Quizá no vinimos a esta vida a ser perfectos.
Vinimos a despertar.
A recordar quiénes somos.
A aprender a amar.
A hacernos responsables de nuestras elecciones.
A dejar de herir donde alguna vez fuimos heridos.
A romper cadenas que comenzaron antes de nosotros.
A transformar patrones que ya no queremos transmitir.
Y, sobre todo, a comprender que nuestra evolución espiritual no se demuestra por cuánto sabemos sobre Dios, el karma, la energía o la espiritualidad.
Se demuestra por cómo tratamos a los demás cuando nadie nos está mirando.
Porque es fácil hablar de amor.
Lo verdaderamente espiritual es practicarlo.
Es fácil hablar de luz.
Lo verdaderamente espiritual es no convertirse en oscuridad cuando alguien nos hiere.
Es fácil pedirle a Dios que cambie nuestras circunstancias.
Lo verdaderamente profundo es permitir que Dios transforme nuestro corazón.
Quizá eso sea, finalmente, acabar con el karma:
dejar de responder desde la herida y comenzar a actuar desde la consciencia.
Dejar de devolver dolor.
Dejar de alimentar conflictos.
Dejar de intervenir donde no nos corresponde.
Dejar de juzgar procesos que no comprendemos.
Dejar de repetir aquello que ya sabemos que nos destruye.
Y elegir, una y otra vez, el camino del amor.
Porque cuando el amor se convierte en la raíz de nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, ya no necesitamos vivir preguntándonos qué nos devolverá la vida.
Simplemente comenzamos a vivir de una manera que nos permite estar en paz con ella.
Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de libertad.
"No se trata de escapar del karma.
Se trata de trascender la consciencia que lo sigue creando.
Y entregarle a Dios el resto."

Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

LEY ESPIRITUAL...LEY DEL DHARMA O PROPÓSITO EN LA VIDA

Todo el mundo tiene un propósito en la vida... un don único o talento especial para ofrecer a los demás. Y cuando combinamos ese talento único con el servicio a los demás, experimentamos el éxtasis y el júbilo de nuestro propio espíritu, que es la meta última de todas las metas.
La séptima ley espiritual del éxito es la ley del dharma. "Dharma" es un vocablo sánscrito que significa "propósito en la vida". Esta ley dice que nos hemos manifestado en forma física para cumplir un propósito. El campo de la potencialidad pura es la divinidad en su esencia, y la divinidad adopta la forma humana para cumplir un propósito.
De acuerdo con esta ley, cada uno de nosotros tiene un talento único y una manera única de expresarlo. Hay una cosa que cada individuo puede hacer mejor que cualquier otro en todo el mundo - y por cada talento único y por cada expresión única de dicho talento, también existen unas necesidades únicas. Cuando estas necesidades se unen con la expresión creativa de nuestro talento, se produce la chispa que crea la abundancia. El expresar nuestros talentos para satisfacer necesidades, crea riqueza y abundancia sin límites.
Si pudiéramos enseñarles a los niños desde el principio esta manera de pensar, veríamos el efecto que esto tendría en su vida. En realidad, yo lo hice con mis hijos. Les dije una y otra vez que había una razón para que ellos estuvieran aquí, y que ellos debían descubrir esa razón por sí mismos. Eso fue algo que oyeron desde los cuatro años. También les enseñé a meditar cuando tenían aproximadamente esa edad, y les dije: "No quiero que se preocupen, nunca, por ganarse la vida. Si cuando sean mayores no pueden ganarse la vida, yo les daré lo necesario, de manera que no se preocupen por eso. No quiero que se concentren en ser los mejores de la escuela, en obtener las mejores notas o en ir a la mejor universidad. En lo que realmente quiero que se concentren es en preguntarse a sí mismos cómo pueden servir a la humanidad y cuáles son sus talentos únicos. Porque cada uno de ustedes tiene un talento único que nadie más tiene, y una manera especial de expresarlo, que tampoco tiene nadie más". Mis hijos acabaron estudiando en las mejores escuelas, obteniendo las mejores notas e incluso en la universidad son los únicos que son económicamente autosuficientes, porque ellos tienen su atención puesta en el propósito por el cual están aquí. Ésta, entonces, es la ley del dharma.
La ley del dharma tiene tres componentes. El primero dice que cada uno de nosotros está aquí para descubrir su verdadero yo, para descubrir por su cuenta que el verdadero yo es espiritual y que somos en esencia seres espirituales que han adoptado una forma física para manifestarse. No somos seres humanos que tienen experiencias espirituales ocasionales, sino todo lo contrario: somos seres espirituales que tienen experiencias humanas ocasionales.
Cada uno de nosotros está aquí para descubrir su yo superior o su yo espiritual. Esa es la primera forma de cumplir la ley del dharma. Debemos descubrir por nuestra cuenta que dentro de nosotros hay un dios en embrión que desea nacer para que podamos expresar nuestra divinidad.
El segundo componente de la ley del dharma es la expresión de nuestro talento único. La ley del dharma dice que todo ser humano tiene un talento único. Cada uno de nosotros tiene un talento tan único en su expresión que no existe otro ser sobre el planeta que tenga ese talento o que lo exprese de esa manera. Eso quiere decir que hay una cosa que podemos hacer, y una manera de hacerlo, que es mejor que la de cualquier otra persona, en este planeta. Cuando estamos desarrollando esa actividad, perdemos la noción del tiempo. La expresión de ese talento único - o más de uno, en muchos casos - nos introduce en un estado de conciencia atemporal.
El tercer componente de la ley del dharma es el servicio a la humanidad - servir a los demás seres humanos y preguntarse: "¿Cómo puedo ayudar? ¿Cómo puedo ayudar a todas las personas con quienes tengo contacto?" Cuando combinamos la capacidad de expresar nuestro talento único con el servicio a la humanidad, usamos plenamente la ley del dharma. Y cuando unimos esto al conocimiento de nuestra propia espiritualidad, el campo de la potencialidad pura, es imposible que no tengamos acceso a la abundancia ilimitada, porque ésa es la verdadera manera de lograr la abundancia.
Y no se trata de una abundancia transitoria; ésta es permanente en virtud de nuestro talento único, de nuestra manera de expresarlo y de nuestro servicio y dedicación a los demás seres humanos, que descubrimos preguntando: "¿Cómo puedo ayudar?", en lugar de: "¿Qué gano yo con eso?"
La pregunta "¿Qué gano yo con eso?" es el diá­logo interno del ego. La pregunta "¿Cómo puedo ayudar?" es el diálogo interno del espíritu. El es­píritu es ese campo de la conciencia en donde experimentamos nuestra universalidad. Con sólo cambiar el diálogo interno y no preguntar "¿Qué gano yo con eso?" sino "¿Cómo puedo ayudar?", automáticamente vamos más allá del ego para en­trar en el campo del espíritu. Y aunque la medita­ción es la manera más fácil de entrar en el campo del espíritu, el simple hecho de cambiar nuestro diálogo interno de esta manera también nos brin­da acceso al espíritu, ese campo de la conciencia donde experimentamos nuestra universalidad.




CÓMO APLICAR LA LEY DEL "DHARMA" O PROPÓSITO EN LA VIDA 

Pondré a funcionar la ley del dharma comprometiéndome a hacer lo siguiente:
1) Hoy cultivaré con amor al dios en embrión que reside en el fondo de mi alma. Prestaré atención al espíritu interior que anima tanto a mi cuerpo como a mi mente. Despertaré a esa quietud profunda del interior de mi corazón. Mantendré la conciencia del ser atemporal y eterno, en medio de la experiencia limitada por el tiempo.
2) Haré una lista de mis talentos únicos. Después haré una lista de las cosas que me encanta hacer cuando estoy expresando mis talentos únicos. Cuando expreso mis talentos únicos y los utilizo en servicio de la humanidad, pierdo la noción del tiempo y produzco abundancia tanto en mi vida como en la vida de los demás.
3) Todos los días me preguntaré: "¿Cómo puedo servir?" y "¿Cómo puedo ayudar?" Las respuestas a estas preguntas me permitirán ayudar y servir con amor a los demás seres humanos.
Te abrazamos en este Despertar, esperamos que la luz de estas leyes expandan tu escucha espiritual.
NAMASTÉ


sábado, 21 de septiembre de 2013

El Yo-Yo Humano


El Yo-Yo Humano

Por Helen Goldberg 

¿Cuántos de ustedes —especialmente los de mi generación— recuerdan cuando en el colegio llegaban los “famosos” expertos de Coca-Cola a hacer demostraciones, concursos y exhibiciones con los populares yo-yos?

Yo, con mi poca destreza, nunca logré hacer girar uno correctamente ni una sola vez. Pero más allá de eso, siempre me llamó la atención que era un juego profundamente individual. Un objeto que gira sobre sí mismo, atado a un hilo, que siempre vuelve al mismo punto: a quien lo maneja. Y cuando por accidente rozaba a alguien más, casi siempre era para golpearlo.

Hoy, ya como adulta, veo muchos yo-yos a mi alrededor. Personas que han perfeccionado esa técnica individualista y la han convertido en su forma de vivir.

Yo-yos humanos

Hablo de personas incapaces de mirar más allá de su propio ombligo. Seres humanos cuya vida gira exclusivamente en torno a su eje, que avanzan por el mundo convencidos de que su forma de actuar —egoísta, cerrada, autorreferencial— es normal, aceptable y hasta razonable.

Hablo de quienes no logran cultivar sentimientos básicos como la solidaridad, el aprecio, la gratitud o el amor hacia quienes tienen cerca. Personas que mantienen a los demás “disponibles”, siempre listos para cuando ellos los necesiten, pero ausentes cuando toca dar.

Hablo también de aquellos a quienes uno les entrega amor del bueno: desinteresado, constante, solidario, presente sin condiciones ni expectativas. Amor que acompaña, que sostiene, que está.

Y aun así, no hay respuesta.

No hablo de pagar con la misma moneda ni de devolver favores. Hablo de reciprocidad: de gestos simples, de un “gracias”, de estar presentes en la vida del otro con la misma disposición con la que se recibe.

El egoísmo disfrazado

Dentro de cualquier familia es fácil identificar a los yo-yos. Cada quien sabrá a quién se le viene a la mente. Son personas que creen que su universo personal debe ser respetado, protegido y hasta respirado por los demás, sin importar la situación del otro.

Este comportamiento no es otra cosa que egoísmo, muchas veces disfrazado de cariño. Son quienes dicen: “contá conmigo para lo que sea”, pero en los momentos difíciles nunca están. O si están, es para recordarte una y otra vez todo lo que han hecho por vos.

Son quienes se vanaglorian de sus actos, quienes repiten constantemente que “gracias a ellos” lograste algo, quienes anuncian a los cuatro vientos su supuesto compromiso para que todos lo vean.

La definición de egoísmo es clara: un aprecio excesivo por uno mismo que lleva a atender solo el propio interés, sin considerar el de los demás.
No hay mucho más que explicar: los yo-yos son egoístas.

De nosotros depende

En toda relación humana, lo esencial es sentirse querido.

Cuando convivimos con personas yo-yo, tenemos una tarea difícil pero necesaria: comunicar cómo nos hacen sentir. Si amamos a quienes nos rodean, también debemos tener el valor de decir quiénes somos y cuáles son nuestros valores.

La comunicación es básica. Nadie puede adivinar lo que sentimos si no lo expresamos.

Si después de hablar, esas personas no cambian ni aprenden, entonces la decisión es personal: quedarse o tomar distancia. Porque también es cierto que, muchas veces, crecer implica crecer separados.

Hay vínculos que duelen, y no todo dolor se sana con un “lo siento”.
Los deseos de quienes amamos no siempre coinciden con los nuestros; a veces ni siquiera son compatibles. Y sí… muchas veces nos toca perder.

Estas personas están tan centradas en sí mismas que no alcanzan a comprender —como bien dice Jorge Bucay— que:

“El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar a otro para que sea quien es”.

Y eso, precisamente, es lo que muchos intentamos hacer cada día en la vida de los demás.


Derechos Reservados - Helen Goldberg©

martes, 11 de junio de 2013

Cómo hacerte saber?

Una de las mejores cosas que he leído de Benedetti
Mi AMADO Benedetti de quien he aprendido tanto para mi vida! 

Dele click al enlace siguiente, tómese su tiempo para escucharlo VALE LA PENA!

http://youtu.be/XDGanes2QII

sábado, 30 de marzo de 2013

Cambio de Situación sentimental: EN UNA RELACIÓN


Cambio de Situación sentimental: 

EN UNA RELACIÓN 

Por Helen Goldberg 


¿Es bello o atroz el amor?
No lo sé. Solo sé que quien no lo ha experimentado no vivió: se limitó a existir.
Jacques Sagot

Hace algunos días decidí cambiar mi “situación sentimental” en mi muro de Facebook, más como un experimento personal que por otra razón. Quería observar las reacciones de mis amigos ante un tema tan sensible como el amor.
Las sorpresas fueron muchas: felicitaciones, buenas vibras, curiosidad por saber quién es mi “compañero de vida” y una gran variedad de reacciones de personas a las que quiero y valoro profundamente.

Y sí, mi situación sentimental ha cambiado.
Pero no como muchos imaginan.

He vivido un proceso de aprendizaje profundo durante los últimos tres años. Acercarme a los cuarenta me ha permitido mirar la vida desde otra perspectiva: con pensamientos más pausados, objetivos distintos y, sobre todo, con un despertar espiritual que me llevó a un encuentro genuino con Dios… y conmigo misma. A aprender a vivir con Helen. A conocer verdaderamente a Helen.

Una relación con Dios

Dios no calla para reprochar ni para felicitar: calla para enseñar.

Sí, tengo una relación con Dios.
Una relación que ha crecido incluso después de haber pasado largos períodos peleando con Él, ignorándolo o intentando olvidarlo. Hoy, Dios es el eje de mi vida: compañero, hermano, padre y amigo. Cada día me descubro más enamorada de su presencia y disfruto compartir con Él momentos de silencio, meditación y escucha interior.

He comprendido que la espiritualidad no es un concepto abstracto, sino una actitud personal que compromete todas las conductas del ser humano.

El conocimiento de mí misma

Paralelo a este camino espiritual, decidí iniciar otra relación igual de importante: una relación conmigo misma.
Quise saber quién era Helen, qué le gustaba, cuáles eran sus sueños, sus ideales y qué quería construir a partir de ahora.

Me senté a tener largas conversaciones conmigo para entender hacia dónde deseaba dirigir mi vida. Antonio Blay, maestro de la psicología transpersonal y espiritual, dice:

“Existe una sola medicina, porque solo hay una enfermedad: la falta de descubrimiento de sí mismo”.

Esa frase despejó muchas incógnitas. Empecé a ordenar mis asuntos pendientes y me marqué un objetivo interior: entenderme, mejorar y sanar la relación conmigo. Poco a poco, las piezas del rompecabezas de mi vida comenzaron a encajar. Donde antes veía fragmentos sueltos, ahora apareció un sentido de unidad.

Cuando uno se acerca a su núcleo real, a su esencia, empieza a vivir. Sale del coma emocional, de la hipnosis en la que ha vivido durante años, alimentada también por un bombardeo constante de ideas erróneas que inflan el ego y nos alejan de la verdad.

El ego y el entendimiento

Antes, cuando veía a alguien crítico, criticaba su crítica.
Si alguien bebía, lo juzgaba.
Si alguien era agresivo, lo catalogaba de “tonto”.

En todos esos casos, yo creía ser distinta, “mejor”, el supuesto modelo a seguir. No veía que, en realidad, me convertía en su reflejo. Yo también buscaba aprobación, amor y reconocimiento. Yo también procedía de la misma fuente y me dirigía al mismo destino.

Hoy comprendo que es más inteligente construir que destruir.

Ya no veo personas “malas”, sino confusiones temporales, miedos, bloqueos mentales. Cada quien hace lo que puede con las herramientas que tiene. Todos estamos en la misma escuela, aprendiendo, intentando salir de nuestros propios paradigmas. Y eso no es nada fácil.

Así entendí el único mandamiento que realmente existe: el amor.
Amar a Dios y amarse a uno mismo hace que todo lo demás llegue por añadidura.

El milagro del amor

Creo profundamente que Dios está en su propio mensaje. Si logramos comprenderlo e interiorizarlo, sabremos comunicarlo sin palabras.

En algún momento de mi vida leí Un Curso de Milagros, una obra que enseña a cambiar la percepción: a ver en el otro la inocencia que primero debemos reconocer en nosotros mismos. El libro habla del perdón, de la paz y del origen del conflicto. No es una lectura fácil; confronta, incomoda y derriba resistencias mentales.

Pero los milagros —entendidos como cambios de percepción— suceden y se expanden. Cuando uno ve claro, inevitablemente ilumina a otros. A veces sin discursos, sin argumentos, solo viviendo con coherencia.

San Agustín decía que la vida es una peregrinación fatigosa, llena de errores, pero también afirmaba que el dolor nos muestra nuestros límites y la fe nos revela la omnipotencia divina. La conciencia puede doler, porque nos enfrenta a realidades que debemos cambiar o soltar. Pero soltar lo que alguna vez nos salvó es parte de crecer. Para mí, eso define a un adulto sano.

El amor a uno mismo

San Agustín hablaba de cuatro dimensiones del amor: Dios, uno mismo, el otro y la naturaleza.
Creo que el amor a uno mismo no necesita mandato, porque quien ama a Dios inevitablemente se ama también. Somos alma, cuerpo y espíritu; no podemos separar ninguna de estas dimensiones. Mientras estamos vivos, nos toca vivir… plenamente.

Vivir implica un doble trabajo: reconocer lo que no somos y habitar lo que sí somos. Sin forzar, sin exigencia. La exigencia no está en cambiar las formas, sino en Ser.

Y en ese camino, el amor deja de ser atroz o bello: simplemente se vuelve verdadero.


Derechos Reservados - Helen Goldberg©

jueves, 7 de marzo de 2013

Charla entre el CORAZON y la RAZON...


Charla entre el CORAZÓN y la RAZÓN...
Autor: Gabriela Mistral.
 

¿Y si en realidad el tiempo no lo pudiese todo, si no fuese tan cierto que las cosas con el pasar de los días se van olvidando, o las heridas no se van cerrando, cuántas cosas cambiarían? Porque es muy fácil pensar que con solo dejar pasar los días, meses o años las cosas se solucionan, y lo peor es que uno se autoconvence, y se cree un superado, alguien que tuvo la suerte de superar un dolor y sobreponerse, y se vuelve a sentir fuerte… Sin embargo, un buen día, quizá el menos pensado, todo el castillo que creías tan sólido comienza a temblar, porque te encuentras de nuevo cara a cara con el dolor, con ese sentimiento tan helado y tan dormido del que ya casi ni te acordabas, y que, muy a pesar de todo, sigue ahí, y comienza a despertarse con todas las fuerzas acumuladas por el tiempo en que estuvo inactivo y quiere salir, quiere gritar que esta vivo y que va a dar pelea, por que la RAZÓN piensa:

“¡Otra vez no! ¿O acaso no te acuerdas el tiempo que te costó volver a ponerte en pie?, ¿O no te acuerdas de esas noches sin dormir, de esos desvelos y angustias, de tus días vacíos, de tus noches sin estrellas?. ¿Quieres realmente volver a vivir todo eso, o ahora que ya estás de pie no sería mejor que anduvieras por otros caminos? Porque, sinceramente, amores no te faltan, tienes la capacidad de enamorar a quien quieras, y te vas a hacer problema por un hombre/una mujer que, en realidad, no sabes si te quiere, no sabes si te engaña?…
¡Piensa! ¡No te equivoques! Una vez creíste tocar el cielo con las manos y en un instante descendiste al mas profundo de los infiernos, ¿Crees que vale la pena?. Haz lo que te digo, no existen los amores eternos, y seguramente, todo eso lo único que te va a hacer es ilusionarte y volverte a lastimar.”

Y se hace un silencio eterno…

El CORAZÓN, aturdido por las palabras de la RAZÓN, se queda sin aliento, pero después de un rato de pensar, donde la RAZÓN ya creía tener ganada la partida, el CORAZÓN replica:

“No sé si tus palabras son del todo ciertas, pero se que no son tampoco del todo equivocadas: no es lo mismo pensar que sentir, no es lo mismo razonar que hacer las cosas impulsivamente, porque los que piensan son aquellos que nunca se arriesgan, y pobre de aquél que no esté dispuesto una vez en su vida a perderlo todo por la persona que ama, pobre de aquél que no está dispuesto a olvidar, porque nunca será perdonado, pobre de aquél que es tan ciego y vacío, que no es capaz de dejar de lado todas las trivialidades de la vida por amor… Pobre de quien teniendo en frente el amor de su vida, no es capaz de quitarse la careta y sentir… Porque el amor no solo es alegría, no solo es paz y ternura, el amor es también dolor y lágrimas, es angustia y desvelo, es muchas cosas, pero bueno… La verdad es que no sé que pesa más, si la RAZÓN o el CORAZÓN.

Lo que si sé, es que si uno no siente, se transforma simplemente en una roca, una cosa que no es capaz de demostrar cariño y confianza, un cuerpo sin alma. Por eso creo que uno debe jugarse por lo que siente… le puede salir bien o mal, puede equivocarse o vivir el resto de su vida con la persona que ama… lo que sí es cierto es que jamás perdonaría a alguien que por rencor o desconsuelo no sea capaz de tomar a la persona que ama, y gritarle a todo el mundo que por ella daría la vida…

Y, por último, otra cosa que tengo bien clara, es que el que se enamora soy yo, y el amor se siente con el CORAZÓN, no con la CABEZA”.

Se hizo el silencio… y sin mediar palabra, el CORAZÓN, decidió tomar el camino correcto… y fue tras el amor…



lunes, 18 de febrero de 2013

Amén - אמן

24 de enero de 2013

Amén 

Por Helen Goldberg

El pasado mes de diciembre tuve la oportunidad de interpretar El Mesías de Händel junto a mis compañeros del Coro Sinfónico Nacional, en una serie de conciertos ofrecidos en distintas iglesias del país, tal como lo hemos hecho en años anteriores.

Sin embargo, fue en el concierto de cierre, en la iglesia de Barva de Heredia, donde ocurrió algo especial. Al interpretar el último movimiento, el “Amén”, muchos de nosotros —no sé si todos— tuvimos el privilegio de alzar la mirada y ver el cielo: una luna inmensa y luminosa que se filtraba a través de la puerta de la iglesia, como si también quisiera formar parte de ese momento sagrado.

Para mí, esa experiencia despertó profundas reflexiones:

Primero, estábamos interpretando una obra sacra que, más allá del credo religioso que cada uno practique, tiene la capacidad de transportarnos y transformarnos. Es una obra que habla de un nacimiento que, en mi humilde interpretación, no se limita a uno histórico, sino que representa el nacimiento de la vida misma: de nuestra propia vida y de la manera en que decidimos vivirla. Habla de un profeta que nos enseña a esperar la llegada de un hombre cuya única misión es dejarnos un mandamiento esencial: el amor.

Segundo, la luna. Una luz de esperanza justo al cierre de un año en el que inevitablemente hacemos un recuento de lo bueno y lo malo vivido. Al observarla, aun sabiendo que está tan lejos, recordé que no es inalcanzable: hombres y mujeres como nosotros han llegado hasta ella. Y ese simple hecho fortalece la fe y renueva la esperanza, recordándonos que no todos los sueños están fuera de nuestro alcance.

Tercero, el último movimiento, que repite una sola palabra: AMÉN, interpretada en distintas notas y entonaciones. Pero… ¿qué significa Amén?
Significa “Así sea”. Es una oración constante dirigida al Ser Supremo.

Recuerdo que cada vez que canté uno de esos “Amén” cerré los ojos y, en mi imaginación, llevé la mano al corazón. Allí le pedí a Dios por cada uno de los anhelos que guardo en él, y le dije que, si eran su voluntad, los dejaba en sus manos para que se cumplieran.

He cantado El Mesías durante muchos años, pero nunca antes había vivido una manifestación tan profunda y tan enriquecedora como la que experimenté en ese último movimiento.

La vida está hecha de estos instantes luminosos. Son momentos que se atesoran y que, por más fotografías que intentemos tomar, solo pueden grabarse en el alma y en el corazón: un disco duro donde nada ni nadie puede borrarlos, ni siquiera la muerte.

Y si hay alguien a quien debo agradecer por estas experiencias inolvidables, es primero a Dios, por darme el talento para cantar; y luego al maestro Ramiro Ramírez, por permitirme vivir momentos tan grandes y significativos.




Derechos Reservados - Helen Goldberg©

El Ángel de la Guarda: el compañero que Dios puso a nuestro lado

 El Ángel de la Guarda: el compañero que Dios puso a nuestro lado por Helen Goldberg Hay presencias que no siempre podemos ver, pero que pod...