La ceniza y el ayuno
que transforman el corazón
Hoy no quiero hablar de ritos externos ni de gestos que se quedan en la superficie. Quiero hablar de algo más profundo… de esa transformación silenciosa que sucede cuando dejamos que Dios toque el corazón.
Porque la ceniza que Dios quiere no es solo la que marca nuestra frente.
Es la que suaviza nuestro orgullo.
Es la que nos recuerda, con ternura, que no somos dueños de nada… sino administradores agradecidos de todo lo que hemos recibido.
Es comprender que tus talentos no son trofeos para exhibir, sino semillas para sembrar en la vida de otros. Que lo que sabes, lo que haces, lo que eres… puede convertirse en consuelo, en ayuda, en servicio.
La ceniza que Dios quiere es la que derrite la idea de sentirnos mejores que alguien más. Porque santo y grande solo es Él. Nosotros somos barro amado, frágil, pero lleno de posibilidades cuando confiamos.
Es también la ceniza que no entristece, sino que fortalece. La que te susurra en medio del cansancio: “No tengas miedo, Yo soy tu fuerza”. La que te invita a valorar lo sencillo: una conversación honesta, una comida compartida, una sonrisa sincera, un momento de silencio.
Es aprender a vivir el hoy. Sin tantas nostalgias del ayer ni tantos temores del mañana. Con el corazón abierto a la esperanza. Amando la vida. Defendiéndola. Especialmente la de quienes no tienen voz, la de los más débiles, la de los que el mundo olvida.
Y sí… es también aprender a no temer a la muerte, porque para quien ama y cree, siempre hay promesa de resurrección, de una vida eterna porque el alma nunca muere. Siempre hay Pascua.
Y el ayuno que Dios quiere… tampoco es solo dejar de comer.
Es dejar de lado lo superfluo para que a otros no les falte lo esencial.
Es preferir servir antes que ser servido.
Es regalar tiempo, presencia, escucha.
Es tener hambre y sed de justicia.
Es comprometerse, aunque sea con pequeños gestos, contra la indiferencia, la corrupción y la injusticia.
Es mirar a cada persona como hermano.
Es descubrir en el que sufre un rostro sagrado.
Es trabajar cada día, con paciencia y coherencia, por una humanidad más humana.
Pero hay un ayuno todavía más profundo… el que se vive en lo cotidiano.
Ayunar de palabras que hieren y elegir palabras que sanan.
Ayunar del descontento y abrazar la gratitud.
Ayunar de la rabia y practicar la tranquilidad.
Ayunar del pesimismo y cultivar esperanza.
Ayunar de preocupaciones que nos roban la paz y confiar más.
Ayunar de quejas constantes y redescubrir la belleza de lo simple.
Ayunar de egoísmos y llenarnos de compasión.
Ayunar de resentimientos y atrevernos a perdonar.
Ayunar de ruido y aprender a escuchar.
Si intentáramos vivir así, aunque fuera poco a poco, lo cotidiano se llenaría de algo extraordinario.
Nuestras casas tendrían más paz.
Nuestras palabras construirían más que destruir.
Nuestros gestos hablarían más fuerte que nuestros discursos.
Y sin darnos cuenta, comenzaríamos a respirar confianza, alegría y vida.
Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos dejar que Dios transforme nuestro corazón. Y cuando un corazón cambia… su pequeño mundo también cambia.
Y eso, ya es un milagro.
Derechos Reservados - Helen Goldberg/Ilka Terapias©

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