Amén
El pasado mes de diciembre tuve la oportunidad de interpretar El Mesías de Händel junto a mis compañeros del Coro Sinfónico Nacional, en una serie de conciertos ofrecidos en distintas iglesias del país, tal como lo hemos hecho en años anteriores.
Sin embargo, fue en el concierto de cierre, en la iglesia de Barva de Heredia, donde ocurrió algo especial. Al interpretar el último movimiento, el “Amén”, muchos de nosotros —no sé si todos— tuvimos el privilegio de alzar la mirada y ver el cielo: una luna inmensa y luminosa que se filtraba a través de la puerta de la iglesia, como si también quisiera formar parte de ese momento sagrado.
Para mí, esa experiencia despertó profundas reflexiones:
Primero, estábamos interpretando una obra sacra que, más allá del credo religioso que cada uno practique, tiene la capacidad de transportarnos y transformarnos. Es una obra que habla de un nacimiento que, en mi humilde interpretación, no se limita a uno histórico, sino que representa el nacimiento de la vida misma: de nuestra propia vida y de la manera en que decidimos vivirla. Habla de un profeta que nos enseña a esperar la llegada de un hombre cuya única misión es dejarnos un mandamiento esencial: el amor.
Segundo, la luna. Una luz de esperanza justo al cierre de un año en el que inevitablemente hacemos un recuento de lo bueno y lo malo vivido. Al observarla, aun sabiendo que está tan lejos, recordé que no es inalcanzable: hombres y mujeres como nosotros han llegado hasta ella. Y ese simple hecho fortalece la fe y renueva la esperanza, recordándonos que no todos los sueños están fuera de nuestro alcance.
Recuerdo que cada vez que canté uno de esos “Amén” cerré los ojos y, en mi imaginación, llevé la mano al corazón. Allí le pedí a Dios por cada uno de los anhelos que guardo en él, y le dije que, si eran su voluntad, los dejaba en sus manos para que se cumplieran.
He cantado El Mesías durante muchos años, pero nunca antes había vivido una manifestación tan profunda y tan enriquecedora como la que experimenté en ese último movimiento.
La vida está hecha de estos instantes luminosos. Son momentos que se atesoran y que, por más fotografías que intentemos tomar, solo pueden grabarse en el alma y en el corazón: un disco duro donde nada ni nadie puede borrarlos, ni siquiera la muerte.
Y si hay alguien a quien debo agradecer por estas experiencias inolvidables, es primero a Dios, por darme el talento para cantar; y luego al maestro Ramiro Ramírez, por permitirme vivir momentos tan grandes y significativos.







